lunes, 2 de mayo de 2011
Instrucciones para caer en la desesperanza
A esta mujer de 78 años la han desvestido y ahora la han internado en una habitación. Allí, debajo de una sábana asiste a la parafernalia de cables y agujas que entran y salen de su cuerpo. Las personas que la rodean no le hablan, no la miran, sólo le dan instrucciones “levante el brazo, corra la cadera, cierre la mano”. La mujer está avergonzada. La desnudez no es su costumbre. Está sola , asustada y enferma y no sabe nada del mundo exterior. Su familia, su esposo están allá afuera, en mitad de la madrugada esperando saber algo y ella no sabe nada. Se arma de valor pregunta y la enfermera le dice “no sabemos hay que esperar a los resultados de los exámenes”
La familia (un esposo y tres hijos) estan en los pasillos blancos de una construcción aséptica. Nadie les da información: No saben. En las paredes no hay avisos, guías, instructivos. ¿Horario de visitas? : No sabemos. ¿Procedimientos para conocer el estado del paciente? No sabemos. ¿Teléfono de la clínica? No sabemos. (No existe ni siquiera en el directorio donde se puede leer la dirección pero no hay teléfonos). Es el siglo XXI pero no parece.
En el tratamiento de pacientes graves hay un protocolo a seguir. Es indispensable que estén desnudos porque desvestirlos demora los procesos de atención en caso de una emergencia. Deben recibir pocas visitas pues la exposición a emociones fuertes es un gran riesgo. Las visitas no pueden llevar aparatos electrónicos, metálicos o que funcionen con pilas pues su cercanía con los aparatos médicos puede alterar las lecturas de los mismos.No se cobija en extremo al paciente porque el frío es importante para controlar casos de tensión arterial, Las visitas deben lavarse las manos antes y después de salir de los pabellones de urgencias para relativizar el traslado de bacterias y virus. Estas son las razones para las restricciones pero no hay una sola palabra escrita,o un protocolo médico que informe a los familiares y a los pacientes acerca de los motivos por los cuales son tratados así.
La mujer de 78 años ha pasado cinco días desnuda, cinco días a merced de “lo que quieran hacer con ella” no sabe por qué su cuerpo se está llenando de moretones (la razón es que le han aplicado una droga anticoagulante) Está asustada, aún no hay un diagnóstico, los aparatos que pueden hacer los exámenes especializados son escasos en la ciudad y hay que esperar el turno y continuar en la incertidumbre. Los médicos no hablan con ella. Hablan frente a ella con uno de sus hijos y le cuentan a él un parte médico impersonal, técnico, pero hablan frente a ella como si fuera un automóvil descompuesto, no como si fuera una persona de 78 años, dueña de sí, fuerte, decidida, formada. El médico ve a una anciana desvalida (claro la está viendo desnuda, callada, débil).
Por fortuna la mujer no ha leído a Kafka. Si algún día se encuentra con “el castillo” se sentirá identificada con el personaje principal. Su hija mayor ha leído a Kafka y ahora entiende la pasividad frente al absurdo. Su hija, en las noches de insomnio se ha preguntado si será que sólo en Colombia los pacientes de clínicas y hospitales son tratados como ovejas, si sólo en este país la dignidad de las personas desaparece cuando se enferman y nadie les entrega información. Si el dinero que se ha desviado (léase robado) y el dinero invertido en armas (léase robado) no bastaría para que cada clínica y hospital tuviera aparatos para poder hacer estos exámenes.
La mujer, más sóla, más desnuda, mas fría y más triste se está enfermando cada día. Su tensión arterial sube porque su frustración es mayor, los exámenes no se han realizado, los aparatos están escasos, no hay turno, los moretones se extienden, la frustración crece; la angustia y la indignidad aparecen. En estos días ella ha visto cómo sus compañeros de sala lloran, protestan salen desnudos al pasillo ( a las tres de la mañana la paciente de la habitación 18 ha salido desnuda gritando “así es que me quieren ver vengan desgraciados a verme desnuda ya que no quieren darme una bata” Las enfermera la han controlado pero nadie le ha explicado por qué “la tienen“ desnuda) . Ella ha llegado a la conclusión de que no es nada, nadie la mira, nadie le habla, sobre todo, nadie le informa lo que hacen o no hacen con su cuerpo, ni siquiera su cuerpo es ahora suyo. La levantan las cinco de la mañana la bañan, le dan de comer a las seis, la limpian .La mujer que invirtió toda su vida en la autonomía, en la libertad, ahora ha caído en un campo de silencio e indiferencia, es un cuerpo enfermo, pero no una persona.
En uno de los pasillos de espera la hija mayor se encuentra con una excompañera de colegio que ahora es médico. Dos minutos despues del saludo vienen las preguntas y las respuestas ¿Por qué no escriben los horarios de las visitas? Porque la gente no lee, ¿Por qué no le dicen a los pacientes el motivo de la desnudez y de los protocolos? Porque la gente no escucha, ¿Por qué no hay un teléfono para llamar a la clínica? Porque no hay dinero para pagar la operadora y porque la gente llamaría pero no vendría a visitar a los pacientes, ¿Por qué no hablan los médicos con los enfermos? porque no nos han enseñado a hacerlo, no sabemos cómo.
De nuevo el camino hacia la desespenza está empedrado de una alfabetización incipiente.La hija suspira.Ha comenzado a tener un leve dolor en el costado.
lunes, 18 de abril de 2011
Reflexiones sobre una escupida . Daniel Prieto Castillo
Uno de los maestros más importantes de mi vida como maestra-comunicadora es, sin duda, Daniel Prieto Castillo. Mi amiga Clara Cuervo me envía este texto que refuerza mi idea de que los africanos tienen razón cuando aseguran que para educar a un niño se necesita de todo el concurso de la aldea.O, como aseguraba Napoleón: la educación de un niño comienza 20 años antes de su gestación.
No puedo dejar de pensar en este niño en patineta como otro niño en caricatura,de apellido Simpson, que se ha ido deformando hasta los tristes programas de dibujos animados que validan ese lado oscuro que nos separa de la vida en comunidad por medio del irrespeto y la intolerancia. Un modelo de pensamiento y de humor gringos que hemos asumido pacientemente sin poder siquiera leer detrás de sus líneas.
Reflexiones sobre una escupida . Daniel Prieto Castillo
Diario Los Andes, Mendoza, jueves 19 de febrero de 2009. A partir de una anécdota vivida por sí mismo, el autor de la nota analiza la crisis de la educación formal y sus relaciones con la educación “informal”.
Era la mañana del domingo. Salí a dar vueltas alrededor de la plaza de mi barrio, como trato de hacerlo cada día. Venía por la vereda que da hacia el norte. Adelante, tres chicos de unos 8 o 9 años borboteaban risas. Uno era el centro de la alegría. Corría y patinaba sobre un charco, amenazaba caerse y ganaba la vertical con un salto. El sol bordaba reflejos en el agua y carcajeaba también sobre los cabellos y la piel del crío. Pasé feliz junto a ellos. Si un niño ríe y juega, vivir tiene sentido. Entonces me escupió la cabeza.
He visto por estos atribulados países nuestros, niños de la guerra y de las hambres, de la opulencia y del consumo desenfrenado. He visto niños mendicantes, limpiavidrios, contorsionistas, malabaristas, lustrabotas, vendedores de lo que fuera, incluso de sí mismos. He visto niños de la calle y de las mansiones, de las cosechas y de las limusinas, de la violencia y el abandono frente a quienes crecen acunados por la fortuna. He visto mucho más de lo que hubiera querido ver, pero nunca me había cruzado con un niño capaz de escupir la cabeza de un adulto de mi edad.
Me acerqué indignado. El chico daba la espalda y los otros dos miraban para cualquier parte. “¿Por qué me hiciste eso?” Se volvió hacia mí. Tenía los ojos grandes como soles asustados “Yo no fui, señor”. “Por supuesto que fuiste. ¿Por qué me hiciste eso?” “Yo no fui, señor”, repetía sin bajar la mirada.Había sido él. El salivazo partió de sus labios. Pero ese “yo no fui” me golpeó más hondo que la humillación. ¿Qué camino ha recorrido, vivido, un niño para permitirse tamaña gracia? Como educador, debo preguntar por los aprendizajes que fueron tallando una manera de percibir, de sentir, de ser, capaz de abrir las compuertas para semejante paso.
La clave de ese acto es la educación informal, propia de las relaciones en las que nacemos y crecemos, de la vida cotidiana en la familia, en el barrio, en la ciudad, y también de la oferta de la cultura mediática. La educación informal es la cuna de nuestro ser. Supongamos los aprendizajes de los primeros 20 años de vida de alguien. Supongamos que alcanza a cursar ocho de lo que se llama educación formal. Ellos, llevados a tiempo real, no llegan ni a cinco: nueve meses al año, cinco días a la semana, cuatro a seis horas diarias de clases… Cinco años o menos, entonces; todo lo demás es educación informal.
Mientras él seguía negando con los ojos muy abiertos, me iba ahogando una tristeza sin márgenes. “¿Quién te educó, dije, adónde aprendiste que es divertido hacer esto?” Reiteraba su respuesta: “Yo no fui, señor”. Me alejé. La tristeza pudo más que mi indignación. Se trata, la informal, de una educación profunda, radicalmente personalizada. Nada en ella pasa por los libros o por los conceptos. Se la bebe, vive, de ser a ser, en el día a día, a través de rostros, gestos, miradas, tonos de la voz, palabras, conductas… Pero sobre todo mediante los modelos que ofrecemos los adultos a niños y jóvenes.
Los modelos de la vida cotidiana son de carne y hueso, están ahí, en un juego permanente de cercanías, ya sea en el cara a cara con quienes se crece, o en el otro cara a cara con los personajes de la cultura mediática. Cuna de nuestro ser esos modelos, a través de los cuales podemos heredar lo más digno de otras generaciones, o lo más indigno. La existencia es demasiado compleja como para buscar determinadas causas de un acto puntual. Pero como víctima de esa acción, tengo todo el derecho a preguntar por los modelos sociales cotidianos que alimentaron y alimentan la imaginación, la sensibilidad, los afectos, la percepción, los juegos, los gestos, los actos de ese niño.
Hace unos años escribí: “Toda violencia sembrada en la niñez, fructificará”. Añado ahora: todo culto a la burla y a la farra televisiva, todo alarde de picardía a lo viejo Vizcacha, toda complicidad con grandes o míseros actos de corrupción, todo empecinamiento en una pretendida adolescencia eterna, a los veinte, a los treinta, a los cuarenta años; todo abandono de nuestra responsabilidad de adultos, todo atropello a la convivencia visto como una gracia, toda renuncia de los mayores a educar, toda práctica de pedagogías perversas, fructificarán.
El chico expresaba una razón terrible en sus palabras. Ya comenzaban a madurar en él las tercas huellas del mundo adulto. No volví a verlo. Continúo con mis caminatas. Nadie más me ha agredido. Tal vez fue un solo caso. Un niño no es todos los niños. Desde lo más hondo de mi ser, quisiera creerlo. Daniel Prieto Castillo - Profesor universitario
No puedo dejar de pensar en este niño en patineta como otro niño en caricatura,de apellido Simpson, que se ha ido deformando hasta los tristes programas de dibujos animados que validan ese lado oscuro que nos separa de la vida en comunidad por medio del irrespeto y la intolerancia. Un modelo de pensamiento y de humor gringos que hemos asumido pacientemente sin poder siquiera leer detrás de sus líneas.
Reflexiones sobre una escupida . Daniel Prieto Castillo
Diario Los Andes, Mendoza, jueves 19 de febrero de 2009. A partir de una anécdota vivida por sí mismo, el autor de la nota analiza la crisis de la educación formal y sus relaciones con la educación “informal”.
Era la mañana del domingo. Salí a dar vueltas alrededor de la plaza de mi barrio, como trato de hacerlo cada día. Venía por la vereda que da hacia el norte. Adelante, tres chicos de unos 8 o 9 años borboteaban risas. Uno era el centro de la alegría. Corría y patinaba sobre un charco, amenazaba caerse y ganaba la vertical con un salto. El sol bordaba reflejos en el agua y carcajeaba también sobre los cabellos y la piel del crío. Pasé feliz junto a ellos. Si un niño ríe y juega, vivir tiene sentido. Entonces me escupió la cabeza.
He visto por estos atribulados países nuestros, niños de la guerra y de las hambres, de la opulencia y del consumo desenfrenado. He visto niños mendicantes, limpiavidrios, contorsionistas, malabaristas, lustrabotas, vendedores de lo que fuera, incluso de sí mismos. He visto niños de la calle y de las mansiones, de las cosechas y de las limusinas, de la violencia y el abandono frente a quienes crecen acunados por la fortuna. He visto mucho más de lo que hubiera querido ver, pero nunca me había cruzado con un niño capaz de escupir la cabeza de un adulto de mi edad.
Me acerqué indignado. El chico daba la espalda y los otros dos miraban para cualquier parte. “¿Por qué me hiciste eso?” Se volvió hacia mí. Tenía los ojos grandes como soles asustados “Yo no fui, señor”. “Por supuesto que fuiste. ¿Por qué me hiciste eso?” “Yo no fui, señor”, repetía sin bajar la mirada.Había sido él. El salivazo partió de sus labios. Pero ese “yo no fui” me golpeó más hondo que la humillación. ¿Qué camino ha recorrido, vivido, un niño para permitirse tamaña gracia? Como educador, debo preguntar por los aprendizajes que fueron tallando una manera de percibir, de sentir, de ser, capaz de abrir las compuertas para semejante paso.
La clave de ese acto es la educación informal, propia de las relaciones en las que nacemos y crecemos, de la vida cotidiana en la familia, en el barrio, en la ciudad, y también de la oferta de la cultura mediática. La educación informal es la cuna de nuestro ser. Supongamos los aprendizajes de los primeros 20 años de vida de alguien. Supongamos que alcanza a cursar ocho de lo que se llama educación formal. Ellos, llevados a tiempo real, no llegan ni a cinco: nueve meses al año, cinco días a la semana, cuatro a seis horas diarias de clases… Cinco años o menos, entonces; todo lo demás es educación informal.
Mientras él seguía negando con los ojos muy abiertos, me iba ahogando una tristeza sin márgenes. “¿Quién te educó, dije, adónde aprendiste que es divertido hacer esto?” Reiteraba su respuesta: “Yo no fui, señor”. Me alejé. La tristeza pudo más que mi indignación. Se trata, la informal, de una educación profunda, radicalmente personalizada. Nada en ella pasa por los libros o por los conceptos. Se la bebe, vive, de ser a ser, en el día a día, a través de rostros, gestos, miradas, tonos de la voz, palabras, conductas… Pero sobre todo mediante los modelos que ofrecemos los adultos a niños y jóvenes.
Los modelos de la vida cotidiana son de carne y hueso, están ahí, en un juego permanente de cercanías, ya sea en el cara a cara con quienes se crece, o en el otro cara a cara con los personajes de la cultura mediática. Cuna de nuestro ser esos modelos, a través de los cuales podemos heredar lo más digno de otras generaciones, o lo más indigno. La existencia es demasiado compleja como para buscar determinadas causas de un acto puntual. Pero como víctima de esa acción, tengo todo el derecho a preguntar por los modelos sociales cotidianos que alimentaron y alimentan la imaginación, la sensibilidad, los afectos, la percepción, los juegos, los gestos, los actos de ese niño.
Hace unos años escribí: “Toda violencia sembrada en la niñez, fructificará”. Añado ahora: todo culto a la burla y a la farra televisiva, todo alarde de picardía a lo viejo Vizcacha, toda complicidad con grandes o míseros actos de corrupción, todo empecinamiento en una pretendida adolescencia eterna, a los veinte, a los treinta, a los cuarenta años; todo abandono de nuestra responsabilidad de adultos, todo atropello a la convivencia visto como una gracia, toda renuncia de los mayores a educar, toda práctica de pedagogías perversas, fructificarán.
El chico expresaba una razón terrible en sus palabras. Ya comenzaban a madurar en él las tercas huellas del mundo adulto. No volví a verlo. Continúo con mis caminatas. Nadie más me ha agredido. Tal vez fue un solo caso. Un niño no es todos los niños. Desde lo más hondo de mi ser, quisiera creerlo. Daniel Prieto Castillo - Profesor universitario
lunes, 11 de abril de 2011
Historia postmoderna:Había una vez un niño sin Internet
Cuando era adolescente me pasaba horas pegada al teléfono. A un teléfono inalámbrico, negro, de bocina redonda, como de caricatura antigua. Mis otros dos hermanos, también adolescentes, peleaban conmigo el turno para hablar y recibir llamadas. Era realmente incómodo no saber quién llamaba, no tener privacidad y, sobre todo, no tener movilidad. Cuando inventaron el teléfono celular yo fui muy feliz, era una gran idea. Ya no tenía que estar en mi casa esperando a que me llamaran, ahora podía movilizarme. Tenía un número exclusivo para mí, podía hablar y contestar casi en cualquier parte (aclaro que se que hay personas que contestan en cualquier parte).Aún sigo pensando que es un magnífico invento. Creo que si en los años 80 en Colombia hubiera existido este aparato los bogotanos no habríamos sufrido tanto cuando no sabíamos si nuestras familias quedaban en medio de un carro bomba. Recuerdo que en esa época todos, hasta los más independientes salían de su casa y avisaban con lujo de detalles para dónde iban.
Mi tesis de grado, la de pregrado, la hice a mano y en máquina de escribir, al igual que los trabajos para la universidad. Cuando me equivocaba usaba unas hojitas blancas que ponía frente al tipo (la palanquita con la letra) y tipeaba para corregir .Yo tengo una amiga que cuando se equivocaba repetía toda la hoja, yo no era tan perfeccionista. La primera vez que me senté frente a un computador y escribí un poema, para mí fue mágico ver cómo podía organizar los versos, darles forma, revisarlos, cortarlos, trasladarlos, pegarlos, repetirlos. Cuando aprendí a manejar el computador mi producción escrita se disparó. Era genial escribir y revisar e imprimir. Escribí un libro en un mes, pasé mis poemas a formato digital, los reedité. Aprendí a manejar Excel (luego lo olvidé).En fin, me enamoré del los computadores y dejé de lado a mi máquina Olivetti y su hermoso sonido de teclas.
Algún amigo me instaló programas de juegos en el computador, pero no pude con ellos, como no había podido antes con los ATARI. A duras penas juego a acomodar ladrillitos y piedritas pero me tensiono mucho con los juegos de guerra y una vez vi cómo un amigo dejó de dormir por terminar un juego de Age Of Empire. Dicen que las mujeres jugamos menos que los hombres .A mi no me gusta disparar ni virtualmente así que no me interesan mucho los sonidos, sobre todo los sonidos de balas y de muerte y sin sonidos uno no juega bien.Me encanta jugar cartas con mis amigos, charada (porque aunque no lo crean siempre gano), monopolio o cualquier juego de mesa. Me gusta la distracción, la risa compartida y además he jugado incluso cuando la luz se va y tenemos que alumbrarnos con velas ,cosa que no podría hacer con el computador o las consolas de videojuegos.
Cuando llegó Internet, a mi vida regresó el género epistolar, por medio del correo electrónico me comuniqué con amigos lejanos y esa ha sido una maravillosa experiencia. Miles de cartas y notas y palabras han circulado por mi Hotmail y me han entregado noticias buenas y malas. Hasta regalos virtuales he recibido. Mi amiga Ángela me ha enviado una foto tomada por ella (que es la que encabeza esta nota) y me cuenta que persiguió la mariposa sólo para enviarme la imagen.
No voy a dejar de mencionar a los buscadores, la navegación y los portales de la web. Para mí ,que aprendí a leer en enciclopedias, Internet es eso, una mega enciclopedia y disfruto mucho leyendo y ahora con el blog, escribiendo. No puedo medir la enorme cantidad de poetas, cuentos, libros, historias y canciones que he leído, escuchado y conocido gracias a Internet .Es indecible la cantidad de aprendizajes sobre el idioma, la escritura, el arte, la biología que he experimentado e estos años. Cuando chateo escribo toda la palabra, no uso emoticones, a veces me valgo de interjecciones y termino llamando a la persona con la que chateo para poder oír su voz, he intentado instalar eskipe pero me da un poco de pereza, no tengo tendencia a ser estrella de las pantallas
Facebook es otro asunto. Como todo en Internet hay que leer la letra menuda de los contratos. A mi me ha servido para contactarme con mi familia y mis amigos. Tengo 36 contactos, todos conocidos y allí pongo mis enlaces favoritos, comparto reflexiones e imágenes. Me meto en las conversaciones y divago un poco. Tengo también un Facebook para mi proyecto de escritura creativa y ha dado resultados pues tiene gran poder de convocatoria. Sin embargo, allí puedo ver cómo algunos exponen su intimidad sin recato o sin medir las consecuencias de lo que publican. He llegado a la conclusión de que esta red explora la tendencia a meterse en la vida de los otros y eso pude ser manipulado para bien de terceros.
Esta semana leí que uno puede aficionarse a Internet tanto que genera situaciones de estrés y ansiedad cuando no está conectado o no tiene teléfono celular. Me asusta un poco, pero no por mí, sino por mis estudiantes que ahora mismo deben estar chateando o mirando las pantallas de sus computadores. Me asusta por los padres que están comprando celulares a niños de cinco y seis años y por los miles de televisores y consolas que ofician como cuidadores de niños de doce y trece años que ya no quieren ir a piscina o a vacaciones en el campo porque allí no hay enchufes para sus juguetes.
Ahora viene la televisión digital, imagino que ésta es a mi televisor, lo que el celular es para mi antiguo teléfono negro. Imagino lo que pasará con una pantalla más en la casa de los jóvenes. Unos jóvenes que leen poco y son tan crédulos que utilizan los super bites que tienen sus utensilios electrónicos para pasar cadenas de oración, escuchar vaticinios sobre el fin del mundo, compartir métodos caseros de planificación familiar, ver videos arreglados que se convierten en éxitos comerciales, consumir pornografía, sacarse la lengua con un emoticón y hacer todo lo que hacíamos cuando esos inventos sólo existían en las historietas de Dick Tracy. Yo, mientras tanto, disfruto de lo que hago con o sin esos instrumentos, porque básicamente es lo mismo: escribir, leer, hablar con mi familia y mis amigos, tomar fotos, escuchar música, estudiar, aprender y divertirme.Sigo siendo la misma con o sin Internet porque tuve la fortuna de nacer antes que estos inventos.Espero que los muchachos de hoy en día no sean de los que se sienten mutilados cuando sus aparatos no funcionan.
lunes, 4 de abril de 2011
La taberna de Platón
No nos digamos mentiras: La promoción automática fue un saqueo a la riqueza intelectual de Colombia.
Hace dos años un estudiante me preguntó en clase si ese Prometeo al que se refería un autor era “el dios de las promesas”, algún otro estudiante, no hace poco, escribió una disertación sobre “la taberna de Platón” y hace una semana un estudiante al escribir un perfil de una de sus profesoras registró que una de las historietas favoritas de ella era “Calvin Klein” . Me han parecido muy graciosos estos apuntes, pero después de la risa viene la preocupación, paso muchas horas pensando que es evidente la degradación de los saberes de los estudiantes colombianos y su debilidad para asumir temas intelectuales o que requieren de pensamiento abstracto.
La primera vez que entré a un salón de clase hace 22 años me encontré con unos niñitos de doce y once años que me preguntaban cosas interesantes, ellos leían. Recuerdo a algunos sentados en las escaleras del colegio leyendo libros de poemas. En esa época trabajaba en un colegio cercano a la Universidad Nacional y me encontraba casualmente con muchos de mis estudiantes en la cinemateca de la universidad. Después de la película discutíamos, analizábamos y disfrutábamos de una charla basada en nuestro amor por el cine. Tengo una hermosa imagen de un jovencito de séptimo grado embebido en la lectura de un libro durante la fila de entrada al colegio. Aún guardo las cartas y los poemas que escribían cuando terminaba el curso.
Ahora, 20 años después, me es difícil sostener una conversación con mis estudiantes. Siento que hay dos idiomas diferentes. Mis estudiantes no van a cine porque no les gusta leer los subtítulos, algunos no leen de corrido y cuando escriben confunden el orden de las sílabas. Casi todos tienen computador pero ninguno lee el periódico. Cuando intento hablar de literatura encuentro que ellos no leen por gusto propio, cuando hablamos de biología descubro que no tienen claros conceptos básicos, mínimos. Es evidente que el sistema escolar formó de modo diferente a estos jóvenes y que el resultado, no fue el esperado. Ahora tenemos a unos muchachos cuyo cerebro ha sido saqueado: no poseen información y menos formación.
Toda mi vida he sido una convencida de que no importa tanto la habilidad cognitiva o inteligencia como la capacidad para disciplinarse y alcanzar una meta. Creo que la inteligencia sin rigor se pierde con el paso del tiempo. En mis clases intento enseñar basada en que mis estudiantes trabajen con esquemas de procesos, esto requiere que ellos revisen más de una vez sus escritos, que estudien de modo independiente , que lean más allá de los tres o cuatro textos asignados en clase, que consulten múltiples fuentes, que relacionen lo leído con los contextos y logren analizar y transponer situaciones. Mis evaluaciones y mis clases están diseñadas para fomentar habilidades de pensamiento. Sin embargo, tengo que reconocer que mi método fracasa y lo hace porque los saberes previos que necesitan mis estudiantes, los más básicos y fundamentales no existen en sus cabeza ni en sus cuerpos, porque estudiar es un asunto de cuerpo y cabeza.
Corporal porque para estudiar se necesita “aquietar” el cuerpo, tranquilizarlo para que encuentre la postura de la lectura, el espacio para la concentración. Ya todos sabemos que no hay espacio sin tiempo y estudiar requiere de un tiempo, de un ritual. Algunos jóvenes que conozco aman la lectura y me gusta preguntarles qué hacen antes de leer. Me cuentan que beben agua, que ponen una música determinada, que escogen un sitio que para ellos es “el sitio”, en fin, poseen costumbres personales, apropiaciones, experiencias que los acercan a la lectura desde la subjetividad y el gusto. Para mí es triste afirmar que la mayoría de mis estudiantes no posee hábitos de lectura. Mientras leen, revisan su correo electrónico, hablan por celular, chatean, ven televisión y escuchan IPOD. La proliferación de aparatos ha dispersado la atención de estos jóvenes al punto que se comportan como si tuvieran TDAH, esa enfermedad del síndrome por déficit de atención e hiperactividad. Internet es un sistema que nos dispersa. Está diseñado para que “naveguemos” en un mar que nos lleva de lo central a lo periférico y nos pierde con “cantos de sirenas” (ventanas que se despliegan, vínculos hipervínculos, videos, comerciales). La mente de nuestros estudiantes tiene el formato de ventanas que se ha instalado en sus cabezas, por ello sufren cuando deben concentrarse en una tarea por mas de quince minutos. Yo puedo leer en computador porque olvido los “otros servicios” y me puedo concentrar, pero incluso, a veces, término haciendo cosas que no quería.
Creo que el asunto no es de inteligencia sino de disciplina. La escuela de los últimos años olvidó formar en la disciplina,entendida como autorregulación. La escuela confundió la personalización con la irresponsabilidad. Pervirtió el concepto de “zona de desarrollo próximo” y el de inteligencia y, además, relativizó hasta desaparecer, los elementos fundamentales de una enseñanza de los mínimos culturales. El esfuerzo quedó relegado en pro de la alcahuetería y la pereza. La mediocridad se convirtió en la medida y los profesores perdieron la esencia de su labor: enseñar a pensar, preparar al estudiante para que con disciplina y trabajo de a su cerebro la forma de sus metas, sueños y aspiraciones. La escuela se convirtió en un “lugar agradable, cómodo, en un mundo de mermelada y miel, como diría Estanislao Zuleta. En el espacio más fácil del mundo, en el reino de la nada”
Y en ese reino se perdió el sentido. En aras de mantener divertidos a los estudiantes los profesores prefirieron leer a Paulo Coello que a Chejov, prefirieron hacer cualquier “actividad“ que sus estudiantes calificaran como divertida y olvidaron que el conocimiento requiere de esfuerzo. En pro del libre desarrollo de la personalidad y del derecho a la educación los profesores quedaron maniatados para realmente formar a sus estudiantes en el esfuerzo, en el trabajo arduo que significa aprender y moldear el cerebro para el conocimiento.La promoción automática pervirtió el rol delmaestro y lo redujo a lo mas triste: Un entretenedor de jovencitos.
Quiero dejar constancia de que me niego a seguir en el juego de alcahuetear a mis estudiantes en su camino hacia la dispersión. Me encanta que usen las herramientas tecnológicas para demostrar hasta dónde llega su inteligencia, no estoy en contra de la creatividad ,pero me niego a que pierdan la mayor riqueza que tienen: sus mentes. Por eso sólo veo los computadores y los aparatos electrónicos como instrumentos pero jamás como sustitutos. Un estudiante no es más inteligente porque tenga mayor capacidad en el disco duro de su computador, un estudiante es inteligente cuando usa su conocimiento para resolver problemas, un estudiantes es más inteligente cuando a pesar de no tener más que un lápiz y un papel puede diseñar, planear, criticar, analizar, proponer y decidir, mientras tanto, para mí cualquier estudiante con computador es sólo un muchacho con un juguete costoso y, a veces, distractor.
miércoles, 23 de marzo de 2011
En este país es mejor ser un French Poodle que un niño pobre, en este país es mejor ser un cantante adicto que un juez honesto.
Ayer mataron a la jueza Gloria Gaona, una mujer que, como muchas otras, murió por ser parte de un sistema en el que cuando un juez es eficiente sale más “económico” matarlo para no arriesgarse a que cumpla con su deber e imparta justicia.
Dice la prensa: ”el país está conmocionado con el asesinato de la jueza” Yo no creo. A nosotros no nos conmocionan muchas cosas, tal vez la copa América, una lechuza muerta, la última enfermedad de Diomedes Díaz, pobrecito muchacho. Pero la muerte de una jueza que llevaba el caso de unos niños campesinos violados y asesinados no nos conmueve. Como tampoco nos impacta que ese proceso se haya dilatado en el tiempo y aún hoy no sepamos si habrá justicia para el violador y asesino.
Yenny, Yimmy y Jeferson siguen en sus tumbas ya degradados y olvidados. Son tres niños campesinos que, con el tiempo, sólo recordaremos unos pocos. Aunque ellos revivan día a día en las carnes de otros niños violados y maltratados que no tienen voz ni presencia y que a nadie le importan, porque en este país es mejor ser un French Poodle que un niño pobre.
Ni qué decir de Gloria Gaona que entrará a la lista gigante de jueces que “por meterse a eso” murieron. Porque lo que en realidad piensa la mayoría es que “claro, como era jueza, eso le pasa por escoger esa profesión en este país tan violento, quién la manda, para qué da papaya”.Esto es lo que hemos aprendido a punta de bala y violencia; que es mejor quedarse callado, escuchar música, fingir que somos felices y vivimos bien, no protestar por nada.
La jueza entró en el mundo de lo que no conocemos y espero que para ella haya algo amable del otro lado de la vida. Deseo de corazón que quien la asesinó sea capturado y encuentre otro juez o jueza dispuesto a hacer justicia, a pesar de este país que no comprende el concepto de ley y de democracia y que no cuida ni a sus niños ni a los encargados de velar por sus derechos.
Dice la prensa: ”el país está conmocionado con el asesinato de la jueza” Yo no creo. A nosotros no nos conmocionan muchas cosas, tal vez la copa América, una lechuza muerta, la última enfermedad de Diomedes Díaz, pobrecito muchacho. Pero la muerte de una jueza que llevaba el caso de unos niños campesinos violados y asesinados no nos conmueve. Como tampoco nos impacta que ese proceso se haya dilatado en el tiempo y aún hoy no sepamos si habrá justicia para el violador y asesino.
Yenny, Yimmy y Jeferson siguen en sus tumbas ya degradados y olvidados. Son tres niños campesinos que, con el tiempo, sólo recordaremos unos pocos. Aunque ellos revivan día a día en las carnes de otros niños violados y maltratados que no tienen voz ni presencia y que a nadie le importan, porque en este país es mejor ser un French Poodle que un niño pobre.
Ni qué decir de Gloria Gaona que entrará a la lista gigante de jueces que “por meterse a eso” murieron. Porque lo que en realidad piensa la mayoría es que “claro, como era jueza, eso le pasa por escoger esa profesión en este país tan violento, quién la manda, para qué da papaya”.Esto es lo que hemos aprendido a punta de bala y violencia; que es mejor quedarse callado, escuchar música, fingir que somos felices y vivimos bien, no protestar por nada.
La jueza entró en el mundo de lo que no conocemos y espero que para ella haya algo amable del otro lado de la vida. Deseo de corazón que quien la asesinó sea capturado y encuentre otro juez o jueza dispuesto a hacer justicia, a pesar de este país que no comprende el concepto de ley y de democracia y que no cuida ni a sus niños ni a los encargados de velar por sus derechos.
martes, 15 de marzo de 2011
De nuevo Godzila ataca a Japón
Cuando era niña y la televisión era en blanco y negro me divertía viendo las aventuras de Ultraman. Era un héroe japonés que salvaba a las ciudades de innumerables monstruos, casi siempre reptiles gigantes. Luego vino la fiebre de Godzila y cuando crecí me pregunté por qué los japoneses siempre pensaban en sus ciudades cercadas por la destrucción y el caos.
En una tertulia sobre Japón y la segunda guerra mundial aprendí que Godzila es la representación del miedo japonés a las bombas atómicas. Godzila es un dinosaurio mutante producto de la radioactividad, él es la encarnación del poder destructivo de la energía atómica.
Los japoneses han mantenido una relación ambivalente tanto con Godzila como con la energía atómica. A veces Godzila es bueno y salva la ciudad, a veces la destruye. Lo mismo pasa con las plantas nucleares que abastecen a Japón. Son su casi exclusiva fuente de energía, pero son su mayor riesgo y las causantes de sus mayores dolores.
La paradoja ronda el drama de la emergencia nuclear de esta semana. Por un lado las plantas se están acercando a la fusión por no tener energía para activar los sistemas de refrigeración, pero son ellas las que producen la energía y como están dañadas no se puede recurrir a ésta para poner los sistemas en funcionamiento. Al tiempo el gobierno japonés trata, por todos los medios, de mitigar las consecuencias de la emergencia nuclear. Ellos saben que se podría producir un gran desplome de las bolsas mundiales y de la economía japonesa: Una economía que se asienta en la energía nuclear.
Ya todos lo sabemos. La riqueza de un país depende del manejo de la energía. Si la energía es contaminante y poco estable, la economía será igualmente contaminante e inestable. No hay energía mas peligrosa que la nuclear y, en ese sentido, no hay economía más frágil que aquella que basa su industria en ella.
Así los comisionados de energía nuclear de los países aseguren que ésta es una energía segura esto no es verdad. Jamás lo ha sido. El cambio climático empeora las condiciones para las plantas de energía atómica. Los tornados más fuertes, los ciclones, tsunamis, las lluvias y las sequías serán cada vez un factor de riesgo con el que ninguna estructura diseñada por el hombre podrá estar a salvo. Hay una lección que debemos aprender: La naturaleza es más fuerte que el hombre y que todo lo creado por él.
En una tertulia sobre Japón y la segunda guerra mundial aprendí que Godzila es la representación del miedo japonés a las bombas atómicas. Godzila es un dinosaurio mutante producto de la radioactividad, él es la encarnación del poder destructivo de la energía atómica.
Los japoneses han mantenido una relación ambivalente tanto con Godzila como con la energía atómica. A veces Godzila es bueno y salva la ciudad, a veces la destruye. Lo mismo pasa con las plantas nucleares que abastecen a Japón. Son su casi exclusiva fuente de energía, pero son su mayor riesgo y las causantes de sus mayores dolores.
La paradoja ronda el drama de la emergencia nuclear de esta semana. Por un lado las plantas se están acercando a la fusión por no tener energía para activar los sistemas de refrigeración, pero son ellas las que producen la energía y como están dañadas no se puede recurrir a ésta para poner los sistemas en funcionamiento. Al tiempo el gobierno japonés trata, por todos los medios, de mitigar las consecuencias de la emergencia nuclear. Ellos saben que se podría producir un gran desplome de las bolsas mundiales y de la economía japonesa: Una economía que se asienta en la energía nuclear.
Ya todos lo sabemos. La riqueza de un país depende del manejo de la energía. Si la energía es contaminante y poco estable, la economía será igualmente contaminante e inestable. No hay energía mas peligrosa que la nuclear y, en ese sentido, no hay economía más frágil que aquella que basa su industria en ella.
Así los comisionados de energía nuclear de los países aseguren que ésta es una energía segura esto no es verdad. Jamás lo ha sido. El cambio climático empeora las condiciones para las plantas de energía atómica. Los tornados más fuertes, los ciclones, tsunamis, las lluvias y las sequías serán cada vez un factor de riesgo con el que ninguna estructura diseñada por el hombre podrá estar a salvo. Hay una lección que debemos aprender: La naturaleza es más fuerte que el hombre y que todo lo creado por él.
lunes, 7 de marzo de 2011
Colombia: El país de los simulacros
Con el panorama de simulacros y engaños que es frecuente en el país que habito me pregunto si la inteligencia de mis conciudadanos está decreciendo o es parte de una lógica que necesita mantener a raya la capacidad para dudar y para ser escéptico frente a las realidades que parecen pero no son.
Vamos a partir de la siguiente premisa: diremos que el engaño y su sofisticación son directamente proporcionales a la inteligencia del engañado. En consecuencia, un engaño burdo y ramplón es digno de una inteligencia incipiente y un engaño de gran elaboración, implica una inteligencia desarrollada. Así las cosas, a mayor inteligencia mayor dificultad para engañar.
No se trata solamente de los estudiantes que simulan estudiar cuando lo que realmente hacen es trabajar para sacar una nota y luego desechan la información, o de los maestros que omiten su compromiso con la formación y se conforman con que los estudiantes parezcan felices, cómodos y satisfechos, como si la satisfacción, entendida como alegría, fuera un indicador de aprendizaje. O más aún, de los padres que creen que con dos regaños por semana y un poco de dinero ya están formando a una persona y prefieren desentenderse de su compromiso con la vida de sus hijos. O para seguir, no se trata solamente de los colombianos que viven un mundo en guerra pero declaran frente a las encuestas que son felices porque prefieren olvidar y negar para poder vivir en el presente y no salir corriendo de este “Comala” tropical.
Se trata de los gobiernos que, durante años, han sido los principales hacedores de simulacros ramplones que sólo se sostienen porque no estamos educados para descreer. Este es el país del engaño. Con tal de lograr el objetivo, que casi siempre es dinero o alguna prebenda, los gobernantes inventan Falsos Positivos, Falsos auxilios para el agro, falsas desmovilizaciones, falsos contratos, falsas entregas de narcos y paramilitares, Falsos asesinatos para cobrar recompensas, falsas noticias, falsas e ilegales reformas; cifras falsas que generan falsos indicadores. En Colombia el simulacro es un modo de ser y está legitimado como tal.
Pensemos en un presidente que se inscribe en el protocolo de Kyoto y simula unas plantas que producirán bio combustible y en su actuación incluye cultivadores de caña de azúcar que invierten su dinero en cultivar todo lo que supuestamente les comprará el gobierno para la producción de gasolina verde. Hay discurso, cámara, invitados elegantes, internacionales, empresarios circunspectos. Doce meses después la planta que recorrieron las cámaras está desmantelada, la caña tuvo que ser convertida en panela y los sembradores están arruinados .El país continúa con su emisión de CO2 y nada ha cambiado.
Es una imagen que parece parte de una película pero no de la realidad. Sin embargo, es real y sucede a diario, ya sea con ejércitos que disfrazan a personas con el uniforme del enemigo para subir las cifras de las bajas, o de criminales que planean falsas bajas para cobrar recompensas. A diario nos enfrentamos a la mentira, una mentira que deja ver sus costuras, que no está elaborada y no lo está porque al colombiano es fácil engañarlo porque el colombiano es crédulo y está acostumbrado a ver televisión y allí la imagen domina el panorama de lo verosímil.
Estoy convencida de que el sistema educativo hace el juego a todo simulacro vivido en es este país. Cuando un maestro no forma lectores, cuando los gobiernos y sus ministerios no organizan planes serios para la formación de las inteligencias. Cuando lo importante es la cobertura y no la calidad, cuando el papel del maestro deja de ser el de enseñar y se desplaza al de divertir y retener estudiantes. Cuando la teoría y la práctica van una para el oriente y la otra para el occidente, sólo se logra una manada de personas que siguen las pautas de la farsa.
Colombia ha sofisticado la maquinaria para producir simulaciones. El televisor y los noticieros convierten día da día engaños en verdades, banalizan lo importante y hacen importante lo banal. Mientras tanto, las cifras siguen en lo suyo. Un libro por año es lo que supuestamente leemos los colombianos .Yo pienso que esa cifra está acomodada. Hay colombianos que no leen ni siquiera un libro por año, pero la estadística suele dividir resultados por número de habitantes y ahí comienza la mentira. Una mentira que maquilla una conveniente verdad: A los colombianos es fácil meternos los dedos a la boca porque no somos buenos lectores y no hay que esforzarse mucho para engañarnos.
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