(…)Atroz sociedad en la que has nacido,
lunáticos de una era real ya desaparecida.
Calcula pues el tiempo por lo que eres y haces,
no por las épocas de la guerra que ellos riegan.
Escucha cómo braman, pero no hagas caso.
Nada los cambiará, no dejes que a ti te cambien. Robert Graves. A Lucía al nacer
Después de tanto escándalo sobre los abusos de ciertos maestros en contra de niños y adolescentes la ministra de educación y la directora del ICBF han concluido que se deben ajustar los métodos de selección para el ingreso de profesores a los colegios. Celebro la decisión y la propuesta y quiero reflexionar un poco sobre el tema. Aunque sólo sea para organizar mis ideas.
Lo primero que se me ocurre cuando escucho la propuesta es que, actualmente, en Colombia no es necesario ser licenciado, para ejercer la docencia. Desde hace algunos años, profesionales de todas las disciplinas pueden presentar un examen cargado de conocimientos legislativos, (sobre la ley de educación, la ley del maestro, etc) pero que no tiene forma de medir las cualidades docentes de quien solicita el cargo.
Los profesores que estudian para licenciados no necesariamente son los mas aptos pero, asumo, deben haber logrado un nivel de reflexión mayor acerca de lo que, a lo largo del tiempo, ha significado ser maestro y de lo que connota la profesión en tanto su íntima relación con el desarrollo y supervivencia de las sociedades.
Pero como este es un ejercicio pensemos en lo que deseamos que sea un buen maestro para poder determinar los parámetros que permitan escogerlo.
En su libro “lecciones de los maestros” George Steiner asegura que esta es una profesión en la que lo que prima es el apasionamiento que ejerce querer compartir con otros. Él asegura que los maestros deberíamos pagar por el privilegio de enseñar. Creo que es cierto. ¿Por qué? Porque enseñar es una inclinación. Ahora bien. El apasionamiento del que hablamos aquí tiene que ver con lo esencial del ser humano, con el compartir y con el conocimiento.
Pensemos que el maestro existe aún antes de la existencia de la escuela. En las sociedades fueron primero los maestros que las aulas y antes que las notas, la didáctica, y la preceptiva estuvo el diálogo como esencia de la relación entre un niño y quien lo conducía (pedagogo). Asumamos que para escoger un buen maestro se debe escoger a alguien que “sepa dialogar”. Esto no es poca cosa si lo vemos desde la perspectiva freireana. Nos dice Paulo Freire “Hay seis componente sin los cuales el diálogo no es posible: el amor, la humildad, la fe en la humanidad, la confianza, la esperanza y el pensar crítico. Yo creo que estos son los puntos centrales para escoger bien a un maestro. Veamos:
El amor. Por supuesto no banalizado como en las telenovelas, no entendido exclusivamente como atracción sexual sino como apasionamiento. Es indudable que los seres humanos nos inclinamos a admirar aquello que está vivo, que muestra vitalidad (como lo asegura Erich From) y que esa admiración puede derivar en atracción física. Pero es ese el riesgo que sabrá eludir un verdadero maestro. El estudiante debe enamorarse del cerebro de su maestro y el maestro debe recordar que al comprometerse a formar debe conducir a su estudiante hacia el amor al conocimiento. Así las cosas el maestro es la “encarnación del conocimiento” en aquella etapa en la que se necesita conducir al estudiante al amor por la lectura o por el saber. Esta “encarnación” comporta riesgos pero si se logra llevar por el mejor de los caminos debería derivar en amistad.
La humildad comporta primero una relación con el conocimiento para aceptar que a pesar de ser maestros no sabemos todo y poner en duda sistemáticamente nuestro saber. En este sentido un maestro jamás deja de estudiar y de aprender y esa búsqueda es la esencia de su trabajo pues constantemente renueva su saber y lo hace vital.
La fe en la humanidad tiene que ver con ese requisito roussoniano de la enseñabilidad y la aprendibilidad. Somos humanos y podemos cambiar por medio del conocimiento. Aprendemos aún de modo inconsciente y todos podemos aprender. De ahí que un maestro puede enseñar y transformar.
La confianza es un asunto en doble vía. Para ser maestros necesitamos ganar la confianza y el respeto de nuestros estudiantes. Si los estudiantes no confían en nosotros no podremos enseñarles nada. El acto pedagógico se ve amenazado por la farsa. El profesor finge enseñar, el estudiante finge aprender porque la confianza en el saber, la escuela y los adultos se ha desdibujado con el tiempo. Confiar en el saber y confiar en el estudiante y ,sobre todo, confiar en lo que enseñamos, saber la importancia del acervo cultural y su relación con la solidez de una sociedad, es un requisito para ser maestro.
La esperanza es la quinta regla. Nadie que deje anidar dentro de sí la desesperanza puede llamarse maestro. Un sujeto sin esperanzas se entrega, se rinde a la inacción y no puede resistir. Los maestros de verdad guardan la utopía de que el mundo puede ser mejor. No son tan tontos para desconocer la naturaleza humana y la historia pero conservan el talante para no permitir que el mundo los cambie. sin esperanza es imposible enseñar. No podríamos ir a un aula, enfrentar la cotidianidad, la carga de lo que se repite, e lo que da vueltas en círculo, de las insensateces de lo escolar sumado a lo burocrático.
Por último y envolviendo a todos los anteriores, está el pensar crítico. No basta amar el conocimiento, tener fe en la humanidad y ser parte de la sociedad si no tenemos la capacidad para pensar por nosotros mismos. Los maestros que piensan por ellos mismos, que ejercen esa maravillosa fuerza que es la crítica, forman para la resistencia. La resistencia a los mundos comerciales, a las manipulaciones globales, a las sociedades de las mentiras transparentes. Ya lo apuntó el mismo Freire. Los maestros no formamos para leer libros, enseñamos a leer para que los que se alfabetizan aprendan a leer el mundo.
Es muy difícil medir con un examen a un buen maestro. Por ahora sólo se me ocurre seguir al píe de la letra el planteamiento de Steiner y colocar avisos en los diarios nacionales que digan: Si desea ser maestro de nuestro país haga su solicitud. No se pagará sueldo. Usted deberá cancelar la suma mensual de...
domingo, 28 de noviembre de 2010
sábado, 6 de noviembre de 2010
COLOMBIA : TIERRA DE OGROS
COLOMBIA: TIERRA DE OGROS
He intentado escribir este artículo tres veces y en todas he terminado escribiendo teóricamente. He hablado de los derechos de los niños, de la inmadurez biológica de las crías humanas,, de la responsabilidad social en el cuidado de los infantes y eso es parte de lo que quiero decir pero realmente no es lo más importante. Cuando era niña leí sobre los ogros, aquellos seres monstruosos, hombres o mujeres que perseguían a los niños para comérselos, para hacerles daño, para matarlos. En una charla con el escritor Pablo Montoya Campuzano él me contó que los ogros eran la representación de los pedófilos feudales. Esos señores dueños de la tierra y los siervos que paseaban los campos buscando niños para hacer de las suyas con ellos. De ese ogro es del que quiero hablar hoy, de ese ser que pervive y que desafortunadamente es real.
Hace tres semanas nos enteramos de los abusos del algunos miembros del ejército colombiano con tres niños campesinos:. Yenny ,Yimmy y Jeferson Una realidad triste y más frecuente de lo que creemos. Un crimen que no despertó el repudio que yo esperaba, que no paralizó la nación, que mereció pocos artículos de opinión y menos voces de protesta. Yo quisiera protestar, quisiera dejar por escrito mi dolor e indignación por un asunto que, creo, nos compete todos como adultos, como parte de una especie.
Creo yo que si los colombianos seguimos como vamos la historia va a recordarnos como el paraíso de los ogros. De por sí ya es vergonzoso tener entre nuestras cédulas la de Luis Alfredo Garavito, no contentos con ello, somos el país que no tuvo los recursos para salvar a Omayra, el país que permite que la pobreza y el resentimiento social fabrique los “baby sicarios” , que se practique el derecho de pernada, que se mal forme al total de los niños con una educación primaria y secundaria pobrísima, relajada e irresponsable.
En Colombia los niños valen poco, las niñas menos, las niñas campesinas mucho menos, las niñas pobres casi nada y podríamos seguir agregando adjetivos porque ser infante en este país es estar expuesto a ser víctima. Nuestros niños nacen en un campo minado, gatean allí y dan sus primeros pasos entre silbidos de balas .Aprenden a imitar el sonido de las metralletas antes que a decir papá y mamá. Lo más triste de esto es que sólo para una población escasa, de niños privilegiados económicamente, esto no es verdad, pero incluso para esos niños de estrato elevado la realidad es agresiva y plena de carencias.
No dejo de pensar en la angustia de esos tres hermanitos, en sus últimos momentos de vida arañando y gritando en contra de un grupo de soldados. No puedo dormir pensando en el desamparo de sus cuerpecitos, en el miedo que produce no sólo saber que se va a morir sino en el ver morir a los que amamos. Nadie ha hablado de eso y tal vez sea porque causa angustia. Imaginar esto, hacer el ejercicio interior de “focalizar” el relato a través de los ojos de catorce o siete o seis años es necesario para dimensionar la magnitud de lo que sucedió.
En este país, acostumbrado a los crímenes sólo nos conmueven las evidencias visuales. Pero nadie tomó fotos de los niños en el momento de su dolor y las pocas que existen nos muestran dos niñitos campesinos tan parecidos a cualquiera (del más pequeño no existe ni siquiera una foto) Esos niños no son Ingrid Betancourt flaca y en posición de nazareno. Son niños que no existen porque nadie ha imaginado su dolor y nadie se ha preguntado qué pudieron sentir. Yo quiero preguntarme así me duela y, me indigne hasta el tuétano. No voy a contar lo que he imaginado, pero hago el ejercicio interno, como una actividad de compasión, en el sentido de intentar sentir al otro. Quedo desolada después de pensar en ellos. Tal vez por eso entiendo el silencio de todos, porque duele mucho. Sobre todo, porque la falta la cometió quien supuestamente está encargado de velar por nuestra seguridad.
He sido maestra por más de 22 años. He estado en contacto con niños y jóvenes y conozco la magnitud del vínculo de un adulto con un niño o un adolescente. Es de tal dimensión e importancia ese lazo que puede transformar para toda la vida a un ser humano. Aún sin palabras, los adultos influimos en los niños y esto es parte de nuestra naturaleza. Estamos diseñados biológicamente para no nacer aprendidos pero para aprender de los otros.
Me asusta que estemos enseñando a nuestros niños a ser ogros pasivos. Porque callarnos frente a este delito, no mostrar nuestra vergüenza es invisibilizar la gravedad del acto. No es suficiente con la condena civil, no es suficiente con la celeridad de la investigación y la destitución de los responsables directos e indirectos. Necesitamos que este asunto nos duela adentro de nosotros, dejarnos tocar como si Yenny ,Yimmy y Jeferson fueran nuestros amigos, nuestros hijos. Desde hoy yo tendré a tres hermanitos muertos y pensaré en ellos con lágrimas. No porque tenga vocación hacia el dolor, sino porque aún tengo vergüenza.
He intentado escribir este artículo tres veces y en todas he terminado escribiendo teóricamente. He hablado de los derechos de los niños, de la inmadurez biológica de las crías humanas,, de la responsabilidad social en el cuidado de los infantes y eso es parte de lo que quiero decir pero realmente no es lo más importante. Cuando era niña leí sobre los ogros, aquellos seres monstruosos, hombres o mujeres que perseguían a los niños para comérselos, para hacerles daño, para matarlos. En una charla con el escritor Pablo Montoya Campuzano él me contó que los ogros eran la representación de los pedófilos feudales. Esos señores dueños de la tierra y los siervos que paseaban los campos buscando niños para hacer de las suyas con ellos. De ese ogro es del que quiero hablar hoy, de ese ser que pervive y que desafortunadamente es real.
Hace tres semanas nos enteramos de los abusos del algunos miembros del ejército colombiano con tres niños campesinos:. Yenny ,Yimmy y Jeferson Una realidad triste y más frecuente de lo que creemos. Un crimen que no despertó el repudio que yo esperaba, que no paralizó la nación, que mereció pocos artículos de opinión y menos voces de protesta. Yo quisiera protestar, quisiera dejar por escrito mi dolor e indignación por un asunto que, creo, nos compete todos como adultos, como parte de una especie.
Creo yo que si los colombianos seguimos como vamos la historia va a recordarnos como el paraíso de los ogros. De por sí ya es vergonzoso tener entre nuestras cédulas la de Luis Alfredo Garavito, no contentos con ello, somos el país que no tuvo los recursos para salvar a Omayra, el país que permite que la pobreza y el resentimiento social fabrique los “baby sicarios” , que se practique el derecho de pernada, que se mal forme al total de los niños con una educación primaria y secundaria pobrísima, relajada e irresponsable.
En Colombia los niños valen poco, las niñas menos, las niñas campesinas mucho menos, las niñas pobres casi nada y podríamos seguir agregando adjetivos porque ser infante en este país es estar expuesto a ser víctima. Nuestros niños nacen en un campo minado, gatean allí y dan sus primeros pasos entre silbidos de balas .Aprenden a imitar el sonido de las metralletas antes que a decir papá y mamá. Lo más triste de esto es que sólo para una población escasa, de niños privilegiados económicamente, esto no es verdad, pero incluso para esos niños de estrato elevado la realidad es agresiva y plena de carencias.
No dejo de pensar en la angustia de esos tres hermanitos, en sus últimos momentos de vida arañando y gritando en contra de un grupo de soldados. No puedo dormir pensando en el desamparo de sus cuerpecitos, en el miedo que produce no sólo saber que se va a morir sino en el ver morir a los que amamos. Nadie ha hablado de eso y tal vez sea porque causa angustia. Imaginar esto, hacer el ejercicio interior de “focalizar” el relato a través de los ojos de catorce o siete o seis años es necesario para dimensionar la magnitud de lo que sucedió.
En este país, acostumbrado a los crímenes sólo nos conmueven las evidencias visuales. Pero nadie tomó fotos de los niños en el momento de su dolor y las pocas que existen nos muestran dos niñitos campesinos tan parecidos a cualquiera (del más pequeño no existe ni siquiera una foto) Esos niños no son Ingrid Betancourt flaca y en posición de nazareno. Son niños que no existen porque nadie ha imaginado su dolor y nadie se ha preguntado qué pudieron sentir. Yo quiero preguntarme así me duela y, me indigne hasta el tuétano. No voy a contar lo que he imaginado, pero hago el ejercicio interno, como una actividad de compasión, en el sentido de intentar sentir al otro. Quedo desolada después de pensar en ellos. Tal vez por eso entiendo el silencio de todos, porque duele mucho. Sobre todo, porque la falta la cometió quien supuestamente está encargado de velar por nuestra seguridad.
He sido maestra por más de 22 años. He estado en contacto con niños y jóvenes y conozco la magnitud del vínculo de un adulto con un niño o un adolescente. Es de tal dimensión e importancia ese lazo que puede transformar para toda la vida a un ser humano. Aún sin palabras, los adultos influimos en los niños y esto es parte de nuestra naturaleza. Estamos diseñados biológicamente para no nacer aprendidos pero para aprender de los otros.
Me asusta que estemos enseñando a nuestros niños a ser ogros pasivos. Porque callarnos frente a este delito, no mostrar nuestra vergüenza es invisibilizar la gravedad del acto. No es suficiente con la condena civil, no es suficiente con la celeridad de la investigación y la destitución de los responsables directos e indirectos. Necesitamos que este asunto nos duela adentro de nosotros, dejarnos tocar como si Yenny ,Yimmy y Jeferson fueran nuestros amigos, nuestros hijos. Desde hoy yo tendré a tres hermanitos muertos y pensaré en ellos con lágrimas. No porque tenga vocación hacia el dolor, sino porque aún tengo vergüenza.
lunes, 11 de octubre de 2010
Cuerpo y consumo
Cada cultura , a lo largo del tiempo, ha establecido prototipos de belleza humana. Estos tipos están determinados por concepciones de orden cultural, religiosa, e incluso ética y sanitaria.
Para los griegos, a pesar de la naciente división entre las entidades cuerpo y alma, la educación implicaba un desarrollo paralelo de estas, en aras de lograr la armonía y la plena realización del hombre. El gimnasio y los juegos olímpicos, eran expresiones de una cultura que pretendía llevar a sus ciudadanos a emular a los dioses. El cultivo del cuerpo estaba íntimamente ligado a unos valores y a un proyecto social que implicaba un modo de ver el mundo. La armonía corporal se conseguía mediante la disciplina, la templanza y el propio esfuerzo.
El Pathos griego, es decir, el cuerpo, era parte esencial del orden social, pero no valía en sí mismo ni por sí mismo, junto a él debían ir el logos (capacidad argumentativa y racional) y el ethos ( capacidad de comportarse de acuerdo a lo que se decía. El ser consecuente y tener credibilidad con los conciudadanos). Ningún griego bello lo era si antes no conseguía obtener estos tres elementos.
A lo largo del tiempo el cuerpo humano ha cambiado, debido a la tecnología que cada día le brinda menos posibilidad de usar energía propia. Si en la época de cazadores y recolectores un hombre debía consumir numerosas cantidades de carbohidratos y lípidos, que gastaba en jornadas intensas de desplazamiento, hoy día, gracias al automóvil y al desarrollo de vías e instrumentos para el trabajo, el ser humano no requiere de la inversión de su energía corporal en estas tareas.
Han cambiado también las prioridades, de tal modo que actualmente la belleza es un valor en sí mismo. Entendamos aquí la belleza como el buen aspecto físico y entendamos este , a su vez, como la concordancia con los estereotipos propios del momento. La apariencia corporal, cobra , hoy en día una gran importancia y se pone en el centro de las preocupaciones de la mayoría de personas del mundo llamado moderno.
La imposición de estereotipos, es decir, de patrones de apariencia física, cada vez mas globales y estandarizados, genera, a su vez, el consumo de productos que permitan a las masas acceder a lo que la sociedad de consumo les exige. Si en el tiempo de los griegos estos estereotipos eran producto del consenso social y de la aspiración a cumplir unos ideales, en nuestros tiempos son los mercados quienes determinan cómo debe lucir una persona.
En la actualidad, ser atractivo implica consumir un sinnúmero de productos que, como adornos, otorgan “belleza” a quien los posee.
El objetivo central de las personas preocupadas por su apariencia fisica es estar a la moda. La moda cambia, obviamente tiene que ser así, si quiere mantener volúmenes de venta. No tendría sentido imponer una moda estática porque tarde o temprano las personas estancarían su ritmo de adquisición.
El mundo de los productos ofrece día a día innumerables golosinas. Los carbohidratos y lípidos estan presentes en la mayoría de la comida chatarra con la que las personas son bombardeadas constantemente. Pero al tiempo que se ofrece esta dieta se exige a las personas estar físicamente delgadas. Esto es una paradoja que cada vez genera mas problemas en los adolescentes, quienes con tal de comer y verse bien hacen cualquier cosa por adelgazar, cualquier cosa, menos ejercicio o dieta controlada médicamente.
El mercado del cuerpo delgado mueve millones de dólares al año, muy pocos de los productos atacan directamente el problema de la vida sedentaria y la mayoría se convierten en soluciones, que a largo plazo, causan mucho daño en los sistemas de asimilación del aparato digestivo.
Se ha divulgado la idea de que la delgadez es parte de la buena salud, esto es cierto. Sin embargo, los motivos que llevan a las personas a parecer delgadas distan mucho de ser motivos profilácticos, mas bien se adentran en el terreno de la aceptación social y la autoestima. Las dietas y los miles de trucos y técnicas para adelgazar, son poco saludables y, en su mayoría, comportan grandes riesgos para la salud, con el agravante de que las personas no lo saben ya que quienes las difunden las presentan como inofensivas.
Es común ver a las personas consumiendo pequeñas dosis de arsénico o de yodo para eliminar las grasa de su organismo, algunos otros dejan de comer o comen pero usan laxantes para impedir la asimilación de la comida. En casos extremos, se presentan enfermedades como la bulimia y la anorexia que generan problemas sicológicos preocupantes. Ninguna de estas practicas es saludable, como no lo es tampoco, por citar un ejemplo, la solución de la cirugía plástica o la innovación ortopédica de poner yeso alrededor del torso.
La apariencia física, como requisito necesario para tener éxito social, es una preocupación que aliena a las masas. Las personas sueñan con, de la noche a la mañana, tener éxito a partir de un cambio físico sin esfuerzos, o al menos tener el dinero suficiente para comprar productos que los hagan atractivos y es así como se ha desplazado el sujeto como persona, hacia el objeto como estereotipo físico, dependiente de la moda.
Los seres humanos lo son en tanto se construyen a sí mismos. Sin embargo, la obtenciónn de la autonomía es un hecho cada vez mas difícil en la sociedad contemporánea. La manipulación de los estereotipos físicos genera dependencias y ataca la construcción de la persona hasta los extremos de convertirlos en replicas de una idea única de “belleza”.
Tenemos cuerpo para sentir el mundo, para poder comunicarnos con los demás. Cada sentido está ahí para aportar información que se convierte en sensación y en conocimiento. El cuerpo determinado por la moda se hace insensible, privilegia el sentido de la vista, que nos brinda informaciones incompletas de las personas.
La sensualidad y la sexualidad misma están determinadas por el consumo. Los mass media venden estereotipos de relaciones amorosas y sexuales en las que la prioridad es el cuerpo como instrumento o como objeto, pero no como evidencia de un ser humano. Consumimos, no solo los patrones corporales, sino los usos que damos al cuerpo. Perdemos la oportunidad de hacer nuestras propias búsquedas con respecto al placer y al uso de todos los sentidos.
Si bien es importante que los seres humanos se sientan a gusto consigo mismos, incluida su corporalidad. Este bienestar no se puede generar exclusivamente de la apariencia física como estereotipo. Básicamente porque la seguridad que proviene del aspecto corporal es efímera y está sujeta a los cambios naturales del paso del tiempo. Aceptar el cuerpo y aceptarse a sí mismo es parte de un proceso de reconocimiento que las personas autónomas logran, una vez definen sus intereses y sus gustos personales.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Mass media: Biofilia y necrofilia
A veces hay que recuperar lo que escribimos.Me sostengó en lo dicho hace nueve años.Sólo que ahora la necrofilia ha ganado espacio en todas las narraciones.Celebro a quienes se arriesgan a las narraciones en las que la vida hace presencia.
Por: Martha Fajardo Valbuena.
En Colombia es lugar común hablar en contra de la violencia. Día a día nos encontramos discursos de todos los niveles que abogan por un mundo pacifico en el que primen las razones antes que las acciones irreflexivas. Sin embargo, estos reclamos , que no sólo se escuchan en nuestro país, se hacen de dientes para afuera. En el fondo, vivimos en una sociedad que le rinde culto a la muerte, a la agresión y al maltrato y que consume todo tipo de material que tenga este tema.
Los Mass Media se han encargado paulatinamente de entrenarnos para consumir violencia. Cada imagen cargada de sangre y horror es una educación soterrada que nos insensibiliza frente a las agresiones. Uno de esos medios es el cine comercial, el producido en su mayoría por Holliwood. Este año de 2001 hemos asistido al fenómeno de Hannibal el caníbal. Una impecable producción que retoma la película “ El silencio de los inocentes” y la convierte en un hito del cine de suspenso. La historia de un hombre que en pleno siglo XXI insiste en mantener un comportamiento antropófago resulta llamativa para el público ávido de novedades. Las imágenes de Hannibal cortando un trozo de cerebro de una de sus víctimas para sazonarlo y comerlo acompañado de un exquisito vino llenan nuestras expectativas necrófilas.
Existen múltiples instancias educativas. No solo nos educamos en la escuela o en la familia. La educación informal se presenta en cada espacio de la vida actual. Los mass media educan nuestra sensibilidad, nos muestran opciones políticas y nos enseñan formas de reaccionar ante lo diferente o ante lo otro.
La educación de la sensibilidad, antiguamente destinada a la estética y a las artes, ahora está en manos de Holliwood, son sus creativos los que determinan los patrones estéticos de la época. Es así como la rapidez y la acción han pasado a ser elementos esenciales en lo que las masas consideran consumible. La tensión, el miedo y el morbo son componentes imprescindibles en un buen triller. Las películas que no posean estos elementos corren el riesgo de perder auditorio, pues el publico rechaza aquello para lo que no ha sido entrenado.
La necrofilia, el afecto o apego por las cosas muertas o relacionadas con la muerte y la violencia, no es un fenómeno actual. Es más bien una expresión propia de las mentalidades guerreras que han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. El Coliseo Romano es una muestra de ese espíritu aficionado a los espectáculos sangrientos. Aparentemente estas practicas han sido superadas por la humanidad. Pero en realidad perduran secundadas por la tecnología. Si bien ya no se “usan “ gladiadores de verdad la tecnología cinematográfica nos vende el simulacro que sacia nuestro deseo de ver este tipo de escenas.
Detrás de la afición necrofilica está el discurso y la lógica del sometimiento por la fuerza. La confianza en la violencia como única opción para vencer a otros y para imponer los modos propios es lo que secunda este tipo de manifestaciones. De ahí que siempre sean los imperialismos quienes respalden, propaguen y consuman estas imágenes.
De otro lado, existe el llamado cine independiente, menos publicitado y más reflexivo, en ocasiones logra películas de gran taquilla, cuando sus planteamientos se acercan a lo espectacular o novedoso o cuando explotan el lado contrario al necrófilo, es decir la biofilia.
Por fortuna el ser humano tiene tanta inteligencia como para ser un sujeto de realidades complejas. De ahí que exista dentro de el una afición por las imágenes vivas. Lo vital nos atrae y nos seduce. Quizá a esto es a lo que por siglos hemos llamado bello. Lo biófilo convoca a los sentidos, no ya para mantenerlos alerta y en situación de peligro, sino, para llamarlos a recordar que el cuerpo es una antena con la que el hombre recibe y transmite información y que esta información es placentera, amable, tranquila, sutil.
La biofilia es un llamado a recuperar el cuerpo. En un mundo consumista el hombre ha perdido su propio cuerpo. Lo pierde en las llamadas tendencias que le obligan a lucir delgado o bronceado o alto o de determinadas medidas, so pena de no ser deseado si no cumple con los patrones. Lo pierde cuando se le imponen modos de vestir, de hablar, de sentir que lo llevan paulatinamente a consumir para ser. Un triste ejemplo de nuestra televisión colombiana es el personaje de Nicolás Mora en la telenovela Betty la fea. Un ser que debe tener celular, convertible, ropa de marca y billetera llena para poder sentirse seguro ya que no responde al prototipo de belleza de la época. Un ejemplo extremo en contra del cuerpo y del si mismo es Michael Jackson quien aprovecha la tecnología para hacer de su ser una prótesis y deformarse hasta ser una imagen repugnante. Un ejemplo mas cercano son las jovencitas anorexicas que día a día se maltratan para poder lucir como ellas suponen que se les exige.
La biofilia intenta reconocer la posibilidad de ser en la diferencia. Al convocar a todos los sentidos lo hace para desgenitalizarlos. No se trata de hacer de toda experiencia de placer una experiencia sexual, se trata de conocer el mundo a través de la vista, del olfato, gusto, tacto, oído, de educar al hombre para que vuelva a ser parte de la naturaleza y esté en capacidad de leerla y entenderla.
Resulta curioso que los pueblos más dedicados al arte y al culto de la vida hayan sido los menos evolucionados en las practicas de la guerra. Por el contrario en ellos floreció la ciencia, la filosofía la escultura y la pintura al lado de la danza y el atletismo como ejemplos de sano cultivo de la corporeidad. Cuando se genera este tipo de mentalidad subyace a ella un discurso de liberación y de autonomía. Un ser humano dueño de su cuerpo y consciente de las relaciones de este con el mundo natural está en mayor capacidad de construirse a si mismo.
Tanto la afición a las imágenes de la muerte, como a las de la vida está en todo ser humano, sin embargo día a día las ofertas de los mass media tienden a ofrecer productos que solo explotan el aspecto necrófilo. Esta tendencia se impone soterradamente en las expresiones culturales de nuestra época que exigen cada día más acción, mas velocidad y agilidad y que se extasían en la contemplación de la tecnología que les permite recrear de modo espectacular las imágenes de la guerra y de la agresión que produce el planeta cada día.
Es urgente que la educación comience un proceso de alfabetización de la imagen que lleve a los ciudadanos a ser conscientes de los procesos que los hacen objeto de consumo y que los someten a patrones estéticos limitados al consumo. De no ser así el sistema escolar pierde una gran oportunidad de formación de seres que se encuentran inermes frente a un mundo al que cada vez le interesa más que los hombres y las mujeres pierdan su capacidad critica y sus posibilidades de autonomía.
Por: Martha Fajardo Valbuena.
En Colombia es lugar común hablar en contra de la violencia. Día a día nos encontramos discursos de todos los niveles que abogan por un mundo pacifico en el que primen las razones antes que las acciones irreflexivas. Sin embargo, estos reclamos , que no sólo se escuchan en nuestro país, se hacen de dientes para afuera. En el fondo, vivimos en una sociedad que le rinde culto a la muerte, a la agresión y al maltrato y que consume todo tipo de material que tenga este tema.
Los Mass Media se han encargado paulatinamente de entrenarnos para consumir violencia. Cada imagen cargada de sangre y horror es una educación soterrada que nos insensibiliza frente a las agresiones. Uno de esos medios es el cine comercial, el producido en su mayoría por Holliwood. Este año de 2001 hemos asistido al fenómeno de Hannibal el caníbal. Una impecable producción que retoma la película “ El silencio de los inocentes” y la convierte en un hito del cine de suspenso. La historia de un hombre que en pleno siglo XXI insiste en mantener un comportamiento antropófago resulta llamativa para el público ávido de novedades. Las imágenes de Hannibal cortando un trozo de cerebro de una de sus víctimas para sazonarlo y comerlo acompañado de un exquisito vino llenan nuestras expectativas necrófilas.
Existen múltiples instancias educativas. No solo nos educamos en la escuela o en la familia. La educación informal se presenta en cada espacio de la vida actual. Los mass media educan nuestra sensibilidad, nos muestran opciones políticas y nos enseñan formas de reaccionar ante lo diferente o ante lo otro.
La educación de la sensibilidad, antiguamente destinada a la estética y a las artes, ahora está en manos de Holliwood, son sus creativos los que determinan los patrones estéticos de la época. Es así como la rapidez y la acción han pasado a ser elementos esenciales en lo que las masas consideran consumible. La tensión, el miedo y el morbo son componentes imprescindibles en un buen triller. Las películas que no posean estos elementos corren el riesgo de perder auditorio, pues el publico rechaza aquello para lo que no ha sido entrenado.
La necrofilia, el afecto o apego por las cosas muertas o relacionadas con la muerte y la violencia, no es un fenómeno actual. Es más bien una expresión propia de las mentalidades guerreras que han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. El Coliseo Romano es una muestra de ese espíritu aficionado a los espectáculos sangrientos. Aparentemente estas practicas han sido superadas por la humanidad. Pero en realidad perduran secundadas por la tecnología. Si bien ya no se “usan “ gladiadores de verdad la tecnología cinematográfica nos vende el simulacro que sacia nuestro deseo de ver este tipo de escenas.
Detrás de la afición necrofilica está el discurso y la lógica del sometimiento por la fuerza. La confianza en la violencia como única opción para vencer a otros y para imponer los modos propios es lo que secunda este tipo de manifestaciones. De ahí que siempre sean los imperialismos quienes respalden, propaguen y consuman estas imágenes.
De otro lado, existe el llamado cine independiente, menos publicitado y más reflexivo, en ocasiones logra películas de gran taquilla, cuando sus planteamientos se acercan a lo espectacular o novedoso o cuando explotan el lado contrario al necrófilo, es decir la biofilia.
Por fortuna el ser humano tiene tanta inteligencia como para ser un sujeto de realidades complejas. De ahí que exista dentro de el una afición por las imágenes vivas. Lo vital nos atrae y nos seduce. Quizá a esto es a lo que por siglos hemos llamado bello. Lo biófilo convoca a los sentidos, no ya para mantenerlos alerta y en situación de peligro, sino, para llamarlos a recordar que el cuerpo es una antena con la que el hombre recibe y transmite información y que esta información es placentera, amable, tranquila, sutil.
La biofilia es un llamado a recuperar el cuerpo. En un mundo consumista el hombre ha perdido su propio cuerpo. Lo pierde en las llamadas tendencias que le obligan a lucir delgado o bronceado o alto o de determinadas medidas, so pena de no ser deseado si no cumple con los patrones. Lo pierde cuando se le imponen modos de vestir, de hablar, de sentir que lo llevan paulatinamente a consumir para ser. Un triste ejemplo de nuestra televisión colombiana es el personaje de Nicolás Mora en la telenovela Betty la fea. Un ser que debe tener celular, convertible, ropa de marca y billetera llena para poder sentirse seguro ya que no responde al prototipo de belleza de la época. Un ejemplo extremo en contra del cuerpo y del si mismo es Michael Jackson quien aprovecha la tecnología para hacer de su ser una prótesis y deformarse hasta ser una imagen repugnante. Un ejemplo mas cercano son las jovencitas anorexicas que día a día se maltratan para poder lucir como ellas suponen que se les exige.
La biofilia intenta reconocer la posibilidad de ser en la diferencia. Al convocar a todos los sentidos lo hace para desgenitalizarlos. No se trata de hacer de toda experiencia de placer una experiencia sexual, se trata de conocer el mundo a través de la vista, del olfato, gusto, tacto, oído, de educar al hombre para que vuelva a ser parte de la naturaleza y esté en capacidad de leerla y entenderla.
Resulta curioso que los pueblos más dedicados al arte y al culto de la vida hayan sido los menos evolucionados en las practicas de la guerra. Por el contrario en ellos floreció la ciencia, la filosofía la escultura y la pintura al lado de la danza y el atletismo como ejemplos de sano cultivo de la corporeidad. Cuando se genera este tipo de mentalidad subyace a ella un discurso de liberación y de autonomía. Un ser humano dueño de su cuerpo y consciente de las relaciones de este con el mundo natural está en mayor capacidad de construirse a si mismo.
Tanto la afición a las imágenes de la muerte, como a las de la vida está en todo ser humano, sin embargo día a día las ofertas de los mass media tienden a ofrecer productos que solo explotan el aspecto necrófilo. Esta tendencia se impone soterradamente en las expresiones culturales de nuestra época que exigen cada día más acción, mas velocidad y agilidad y que se extasían en la contemplación de la tecnología que les permite recrear de modo espectacular las imágenes de la guerra y de la agresión que produce el planeta cada día.
Es urgente que la educación comience un proceso de alfabetización de la imagen que lleve a los ciudadanos a ser conscientes de los procesos que los hacen objeto de consumo y que los someten a patrones estéticos limitados al consumo. De no ser así el sistema escolar pierde una gran oportunidad de formación de seres que se encuentran inermes frente a un mundo al que cada vez le interesa más que los hombres y las mujeres pierdan su capacidad critica y sus posibilidades de autonomía.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Cosas que me alegra no saber
Cosas que me alegra no saber
En este tiempo de competencias y alta eficiencia pienso que hay algunas incapacidades mías y algunas ignorancias que deseo conservar.
Me alegra infinitamente no saber disparar un arma. A pesar de los cursos intensivos que dan en televisión, aún no diferencio una pistola de un revólver y me alegro de no saber si pesan, si son frías o calientes o si son cómodas. Vivo en un país en guerra y he podido sobrevivir a la alegría colectiva que da tomar partido y entusiasmarse con la muerte o la desgracia del enemigo. Me alegra también no saber ser feliz ante un cadáver, espero no aprender a serlo.
Me alegra no saber usar un Black Berry ni todas las funciones de mi computador ni poder programar el televisor. No se qué son , ni como se llaman esos aparatos que los muchachos usan para escuchar música todo el día y evitar pensar. Tampoco se usar audífonos, me incomodan mucho. Apenas aprendí a programar el radio reloj y el despertador y a operar la impresora para ver mis escritos en papel.
Adoro no saber cuál es el último libro que publicó el autor más famoso del momento, que tampoco sé quién es. Yo aún ando decidiendo cuál será el próximo autor latinoamericano de los años sesenta que me falta por leer. En cuestión de literatura prefiero no estar a la moda.
Me gusta mucho ignorar el último chisme de farándula, no saber a cómo está el dólar, ni cuál es la tendencia para la ropa de invierno, ni cómo se va a llevar el pelo en la próxima temporada.
Ignoro cómo fingir que alguien me cae bien, ignoro también cómo olvidar las ofensas contra la dignidad humana. No se cómo colgar el teléfono cuando alguien solicita que lo escuchen, no se tampoco cómo ignorar a un niño cuando exige que le pongas atención
Estas son algunas de mis incapacidades y quiero mantenerlas en ese estado de incompetencia.
domingo, 12 de septiembre de 2010
HISTORIA DE UN ANILLO MÁGICO
HISTORIA DE UN ANILLO MÁGICO
Cuando tenía siete años me comía las uñas. Además, jugaba con mi hermano a los carritos, me robaba las tizas del colegio para pintar en andenes con mi hermana y el resto del tiempo estaba en el suelo mirando bichos con una lupa o jugando con el gato, el perro o el conejo, porque cada uno de nosotros tenía una mascota: tres niños, tres mascotas.
Yo era una niña más alta que las demás niñas de siete años y era más grande también, siempre lo he sido. Jugaba Volleyball, mi pelota era como una muñeca, me acompañaba a todas partes y hasta tenía nombre.
En clase me iba bien. Aprendí a leer muy rápido y leía con mis hermanos en las tardes, pero tenía las manos más feas del mundo. Esa era mi debilidad y esa fue la causa de que una compañera, más grande que yo, me molestara hasta que me hacía llorar. Por varias semanas me persiguió diciéndome que yo era una sucia, que tenía manos de empleada del servicio, que era fea y pobre y que no debía estudiar en mi colegio. Ella era una niña de ocho años, pero tenía un gran talento para la humillación. Aún recuerdo su nombre y su cara morena que me miraba frunciendo la nariz. Ella se llamaba Irene. Por muchos años huí de las mujeres que se llamaban así.
No me quejé con mi profesora y lloré en silencio; pero comencé a enfermarme. No quería ir a estudiar. Irene logró que me sintiera fea e indeseable. Mi padre, preocupado, me preguntó qué era lo que me pasaba. Le conté. Salió de la habitación serio, con esa cara que me asustaba porque él hablaba poco pero sus gestos eran inconfundibles. Él, hasta hoy, tiene un rictus que me dice si está furioso o feliz, su rostro es muy expresivo. Y ese día estaba furioso. Lo oí decirle algo a mi madre y me quedé dormida haciendo la siesta. Cuando me desperté mi madre me llamó a la mesa y allí estaba mi padre.
Vamos a arreglar el problema me dijo. Yo me asusté. Me indicó que me sentara y que pusiera las manos en la mesa. Las miró como si las viera por primera vez. Esta niña se come las uñas y tiene manos de camionero, dijo.
Calentó agua, me bañó las manos, me las frotó con crema. Parecía un cirujano y mi madre su instrumentadora, el pedía, agua y ella traía agua, palito de naranja y ella lo traía, esmalte, lima.
Me pintó las uñas con esmalte transparente, me enseñó la palabra cutícula y la palabra padrastro. Y cuando terminó me llevó a una platería y me regaló un anillo que yo misma escogí.
Al otro día fui al colegio. No me importaba Irene. Mi padre me había preguntado si ella era buena estudiante y yo le dije que no, que era grande y repitente. Ella tiene envidia, sentenció él y tenía razón. Tener las manos sucias no es indigno, la gente tiene que trabajar. Mi padre era mecánico, sabía de qué hablaba y yo confiaba en él. Hay que tenerle pesar a esa niña debe tener algún problema ,me aconsejó veladamente.
Al regresar al colegio después de tres días de ausencia, las profesores y las niñas me recibieron con alegría. Irene no se acercó ese día porque estuve muy acompañada, pero en las siguientes jornadas continuó con su grosería, sólo que me di cuenta que ella no había mirado mis manos, que recitaba sus insultos de memoria. Yo guardaba mis manos en los bolsillos de mi jardinera y tocaba mi anillo de piedra roja y , a veces, no podía dejar de sonreir. ¡qué tonta era Irene¡
Un mes después todas las niñas de primero nos unimos para darle una lección, pues el problema no era solo conmigo. Irene nos quitaba las onces, el dinero y nos humillaba. En un descanso la rodeamos y la asustamos mucho. La idea fue de la mejor del curso, una niña inteligente y muy femenina llamada Rocio. Sus hermanos mayores le habían aconsejado el plan.
Eran definitivamente otros tiempos. Teníamos familia, papá y mamá, hermanos mayores, amigos y amigas, profesores. Todos querían que creciéramos bien, todos nos cuidaban, se fijaban en nosotros. Teníamos límites, horarios que cumplir.
Yo tengo más de cuarenta años, pero todavía cuido mis uñas, nunca volví a descuidarlas. Las veo y pienso en mi padre, en su amorosa forma de ayudarme a saber quién era yo y quiénes eran los demás. El anillo de pepita roja se perdió, pero sigo pensando que su contacto fue mágico mientras lo tuve. Siempre pensaba que era como un talismán, como el objeto que concentraba el amor que me rodeaba.
Cuando tenía siete años me comía las uñas. Además, jugaba con mi hermano a los carritos, me robaba las tizas del colegio para pintar en andenes con mi hermana y el resto del tiempo estaba en el suelo mirando bichos con una lupa o jugando con el gato, el perro o el conejo, porque cada uno de nosotros tenía una mascota: tres niños, tres mascotas.
Yo era una niña más alta que las demás niñas de siete años y era más grande también, siempre lo he sido. Jugaba Volleyball, mi pelota era como una muñeca, me acompañaba a todas partes y hasta tenía nombre.
En clase me iba bien. Aprendí a leer muy rápido y leía con mis hermanos en las tardes, pero tenía las manos más feas del mundo. Esa era mi debilidad y esa fue la causa de que una compañera, más grande que yo, me molestara hasta que me hacía llorar. Por varias semanas me persiguió diciéndome que yo era una sucia, que tenía manos de empleada del servicio, que era fea y pobre y que no debía estudiar en mi colegio. Ella era una niña de ocho años, pero tenía un gran talento para la humillación. Aún recuerdo su nombre y su cara morena que me miraba frunciendo la nariz. Ella se llamaba Irene. Por muchos años huí de las mujeres que se llamaban así.
No me quejé con mi profesora y lloré en silencio; pero comencé a enfermarme. No quería ir a estudiar. Irene logró que me sintiera fea e indeseable. Mi padre, preocupado, me preguntó qué era lo que me pasaba. Le conté. Salió de la habitación serio, con esa cara que me asustaba porque él hablaba poco pero sus gestos eran inconfundibles. Él, hasta hoy, tiene un rictus que me dice si está furioso o feliz, su rostro es muy expresivo. Y ese día estaba furioso. Lo oí decirle algo a mi madre y me quedé dormida haciendo la siesta. Cuando me desperté mi madre me llamó a la mesa y allí estaba mi padre.
Vamos a arreglar el problema me dijo. Yo me asusté. Me indicó que me sentara y que pusiera las manos en la mesa. Las miró como si las viera por primera vez. Esta niña se come las uñas y tiene manos de camionero, dijo.
Calentó agua, me bañó las manos, me las frotó con crema. Parecía un cirujano y mi madre su instrumentadora, el pedía, agua y ella traía agua, palito de naranja y ella lo traía, esmalte, lima.
Me pintó las uñas con esmalte transparente, me enseñó la palabra cutícula y la palabra padrastro. Y cuando terminó me llevó a una platería y me regaló un anillo que yo misma escogí.
Al otro día fui al colegio. No me importaba Irene. Mi padre me había preguntado si ella era buena estudiante y yo le dije que no, que era grande y repitente. Ella tiene envidia, sentenció él y tenía razón. Tener las manos sucias no es indigno, la gente tiene que trabajar. Mi padre era mecánico, sabía de qué hablaba y yo confiaba en él. Hay que tenerle pesar a esa niña debe tener algún problema ,me aconsejó veladamente.
Al regresar al colegio después de tres días de ausencia, las profesores y las niñas me recibieron con alegría. Irene no se acercó ese día porque estuve muy acompañada, pero en las siguientes jornadas continuó con su grosería, sólo que me di cuenta que ella no había mirado mis manos, que recitaba sus insultos de memoria. Yo guardaba mis manos en los bolsillos de mi jardinera y tocaba mi anillo de piedra roja y , a veces, no podía dejar de sonreir. ¡qué tonta era Irene¡
Un mes después todas las niñas de primero nos unimos para darle una lección, pues el problema no era solo conmigo. Irene nos quitaba las onces, el dinero y nos humillaba. En un descanso la rodeamos y la asustamos mucho. La idea fue de la mejor del curso, una niña inteligente y muy femenina llamada Rocio. Sus hermanos mayores le habían aconsejado el plan.
Eran definitivamente otros tiempos. Teníamos familia, papá y mamá, hermanos mayores, amigos y amigas, profesores. Todos querían que creciéramos bien, todos nos cuidaban, se fijaban en nosotros. Teníamos límites, horarios que cumplir.
Yo tengo más de cuarenta años, pero todavía cuido mis uñas, nunca volví a descuidarlas. Las veo y pienso en mi padre, en su amorosa forma de ayudarme a saber quién era yo y quiénes eran los demás. El anillo de pepita roja se perdió, pero sigo pensando que su contacto fue mágico mientras lo tuve. Siempre pensaba que era como un talismán, como el objeto que concentraba el amor que me rodeaba.
lunes, 30 de agosto de 2010
De la alegría de leer a la alegría de querer: Jairo Anibal Niño.
De la alegría de leer a la alegría de querer: Jairo Anibal Niño.
No le vamos a contar a nadie, pero hubo un tiempo en que yo creía que era inteligente, muy inteligente. Tenía diecinueve años y pensaba que el noventa por ciento de las personas sabía menos de lo que yo sabía. Era una chica detestable. Pero vamos a perdonarme porque era joven y porque mi pasión mayor era la literatura, la lectura y el conocimiento y porque me gustaba ser profesora y aún me gusta.
Ahora que se mucho menos de todo y que, con humildad, voy por la vida docente sin querer usar el saber como poder o al menos luchando por no hacerlo. Recuerdo una hermosa lección de humildad que me dio mi profesora de literatura infantil. Ella se llama Luz Mery Giraldo y fue también mi directora de Tesis en la Universidad Pedagógica Nacional. Este curso de literatura infantil era ,en ese entonces, un invento reciente y pretendía entrenar a los profesores para que estuvieran en capacidad de ser promotores de lectura entre sus estudiantes más jóvenes. Sin embargo, a mi, el curso me pareció obtuso. No podía entender por qué debíamos animar a la lectura a las personas. Me parecía que era muy inteligente querer leer, amar la lectura. Yo era lectora desde niña y había leído todo lo que se me cruzaba por los ojos.
En el curso la profesora nos presentó un panorama de autores colombianos y entre ellos estaba Jairo Aníbal Niño. Mis compañeros, de semestres más avanzados, hablaban mal de este escritor, decían que era comercial, vendido, casi un sacrílego. Yo comencé por un libro que me gustó: “Puro pueblo” y por unos poemitas pegajosos que no pude clasificar porque no tenía con qué compararlos en mi experiencia lectora. Cuando tuve que hablar sobre Jairo Aníbal Niño hice una intervención pretenciosa y desobligante. Mi profesora dejó que yo terminara y luego me dijo: Eso lo dices ahora, espera a que crezcas un poquito.
Y crecí y tuve la oportunidad de ver a Jairo Aníbal en acción. Lo ví hablando con los niños en la fundación Rafael Pombo, ví cómo los encantaba, vestido con un mono de mecánico y con un avioncito dorado de prendedor Jairo Aníbal era uno de los mejores animadores de lectura y de escritura que yo he conocido. Los niños lo adoraban. Querían su figura bonachona, su risa, su voz gruesa y dulce que leía e interrogaba, sus ojos brillantes y apasionados que siempre sonreían cuando escuchaba.
Ahora que soy animadora de lectura pienso en todo lo que aprendí viéndolo trabajar. Aprendí que la pasión se enseña. Que no hay nada más importante que el juego y que el juego es algo serio. Que no hay que tener miedo a la risa o al desorden, que entre una frase tierna y un insulto prefiero ser tierna, ridícula y cursi.
Querido Jairo Aníbal. Siempre desee que un hombre se acercará a mi y me diera un avioncito de papel para que se lo cuidara durante el recreo, siempre quise ser el cielo de alguien y creo que ese poema tuyo no era para niños. Lo que tú hiciste fue mostrar cómo el amor nos regresa a la infancia, a ese mundo lúdico en el que los besos navegan en los vasos de cartón y el mundo cabe en el ojo de un gato. No creo en el cielo o en el infierno, pero estoy segura de que tú hiciste de tu vida un paraíso para ti y para muchos lectores que te leen a escondidas y sonríen con tus imágenes.Tú viviste la “alegría de querer”
No le vamos a contar a nadie, pero hubo un tiempo en que yo creía que era inteligente, muy inteligente. Tenía diecinueve años y pensaba que el noventa por ciento de las personas sabía menos de lo que yo sabía. Era una chica detestable. Pero vamos a perdonarme porque era joven y porque mi pasión mayor era la literatura, la lectura y el conocimiento y porque me gustaba ser profesora y aún me gusta.
Ahora que se mucho menos de todo y que, con humildad, voy por la vida docente sin querer usar el saber como poder o al menos luchando por no hacerlo. Recuerdo una hermosa lección de humildad que me dio mi profesora de literatura infantil. Ella se llama Luz Mery Giraldo y fue también mi directora de Tesis en la Universidad Pedagógica Nacional. Este curso de literatura infantil era ,en ese entonces, un invento reciente y pretendía entrenar a los profesores para que estuvieran en capacidad de ser promotores de lectura entre sus estudiantes más jóvenes. Sin embargo, a mi, el curso me pareció obtuso. No podía entender por qué debíamos animar a la lectura a las personas. Me parecía que era muy inteligente querer leer, amar la lectura. Yo era lectora desde niña y había leído todo lo que se me cruzaba por los ojos.
En el curso la profesora nos presentó un panorama de autores colombianos y entre ellos estaba Jairo Aníbal Niño. Mis compañeros, de semestres más avanzados, hablaban mal de este escritor, decían que era comercial, vendido, casi un sacrílego. Yo comencé por un libro que me gustó: “Puro pueblo” y por unos poemitas pegajosos que no pude clasificar porque no tenía con qué compararlos en mi experiencia lectora. Cuando tuve que hablar sobre Jairo Aníbal Niño hice una intervención pretenciosa y desobligante. Mi profesora dejó que yo terminara y luego me dijo: Eso lo dices ahora, espera a que crezcas un poquito.
Y crecí y tuve la oportunidad de ver a Jairo Aníbal en acción. Lo ví hablando con los niños en la fundación Rafael Pombo, ví cómo los encantaba, vestido con un mono de mecánico y con un avioncito dorado de prendedor Jairo Aníbal era uno de los mejores animadores de lectura y de escritura que yo he conocido. Los niños lo adoraban. Querían su figura bonachona, su risa, su voz gruesa y dulce que leía e interrogaba, sus ojos brillantes y apasionados que siempre sonreían cuando escuchaba.
Ahora que soy animadora de lectura pienso en todo lo que aprendí viéndolo trabajar. Aprendí que la pasión se enseña. Que no hay nada más importante que el juego y que el juego es algo serio. Que no hay que tener miedo a la risa o al desorden, que entre una frase tierna y un insulto prefiero ser tierna, ridícula y cursi.
Querido Jairo Aníbal. Siempre desee que un hombre se acercará a mi y me diera un avioncito de papel para que se lo cuidara durante el recreo, siempre quise ser el cielo de alguien y creo que ese poema tuyo no era para niños. Lo que tú hiciste fue mostrar cómo el amor nos regresa a la infancia, a ese mundo lúdico en el que los besos navegan en los vasos de cartón y el mundo cabe en el ojo de un gato. No creo en el cielo o en el infierno, pero estoy segura de que tú hiciste de tu vida un paraíso para ti y para muchos lectores que te leen a escondidas y sonríen con tus imágenes.Tú viviste la “alegría de querer”
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