miércoles, 31 de agosto de 2011

Carta muy subjetiva contra la desesperanza





A veces siento que mis estudiantes me miran como se miraría a Campanita, como un ser irreal que vive en el mundo de la fantasía. Tal vez, como dice un amigo argentino, “vivo en un huevo Kinder”. Ellos, mis estudiantes, saben cosas que yo ignoro, saben, por ejemplo, que ya nada se puede hacer, que no hay opción, que en este país todo está decidido por los medios de comunicación. Por eso, cuando yo les hablo de democracia, de ciudadanía y de justicia ellos me miran compadeciendo mi ingenuidad.

Algunos estudiantes piensan que no ir a clase es ganancia, que si logran engañar al profesor los inteligentes son ellos, que el profesor es un pobre sujeto que no sabe de este mundo, del mundo real que no habita en la teoría.

Hace unas semanas, escuché a un estudiante cuando decía que la contaminación con metales pesados en los ríos cercanos a las minas de explotación de oro a cielo abierto era un invento de los “izquierdistas” que no querían dejar progresar la región. No me molestaría tanto si este joven no estuviera estudiando una carrera que directamente tiene que ver con el tema ambiental.

En la misma clase otro joven aseguró que el desastre de Chernobil habí afectado sólo a unos pocos humanos pero que el impacto en plantas y animales había sido nulo , con ello justificaba el uso de la energía nuclear como fuente limpia y poco contaminante.
Hace unos días otro muchacho me dijo que en Colombia no es posible hacer un cambio en lo político, “ya todo está decidido” me dijo.

Hace seis meses unos estudiantes inventaron un correo parecido al de una compañera profesora (de una universidad pública) y cambiaron las fechas de un parcial, hace unos días, otros estudiantes se pusieron de acuerdo para aprovechar los paros en Transmilenio para no ir a clase, la razón: Debían entregar un trabajo y no querían hacerlo.

Casi todos los días el asunto de enseñar se está convirtiendo en el trabajo de descubrir mentiras. Se plagia, se corta y pega, se inventan historias para no cumplir con los compromisos, se abre el computador para fingir que se toman notas cuando en realidad está abierto el Face Book. Fingir es la consigna .Una triste consigna de una generación que asume que aprender es incómodo, innecesario, secundario.


En esta profesión es tan fácil caer en la desesperanza. Decidir que es mejor renunciar a formar conciencias críticas, que las cosas son menos incómodas si sólo enseñamos a jóvenes adaptados. Sin embargo, sé que muchos profesores nos negamos a caer en esta trampa. La desesperanza anula la acción, nos deja derrotados aún antes de comenzar el enfrentamiento.
Comienzo este semestre de nuevo creyendo que los jóvenes pueden lograrlo, que vencerán todos esos cantos de sirenas que los invitan a no decir, no opinar, no pensar por si mismos, a ser “hombres de su tiempo” en el sentido de que se amoldan a la triquiñuela, al camino torcido, a lo falso antes que a la posibilidad de la ética, del esfuerzo de probar hasta dónde se puede llegar con lo aprendido.
En tiempos pasados se acusaba a los jóvenes de rebeldes, de incómodos. Ahora yo acuso a los jóvenes de lo contrario, al menos los jóvenes de mi país son más conservadores, tradicionales y adaptados. Son viejecitos con piel de bebé que no quieren cambiar el mundo ni cambiarse ellos. Es por eso que mi trabajo tiene sentido. Porque las cosas no son fáciles, porque mi generación sabe que los cambios duran siglos, pero son posibles o al menos conforman la utopía, que es la que nos permite dar dirección a nuestra vida. Así que mi mundo de fantasía, por este semestre, resistirá un poco más, sólo porque, a veces, he visto que es posible enseñar para el pensamiento crítico y porque estoy convencida de que mis clases entregan herramientas para transformar el mundo.

En este momento, opto por la esperanza.

jueves, 28 de julio de 2011

Yo no nací lectora, a mí, me hicieron lectora

Yo no nací lectora, a mi me hicieron lectora




Cuando yo era adolescente leía revistas para jovencitas, me encantaban. Allí encontraba artículos sobre mis cantantes favoritos, sobre maquillaje, moda y uno que otro cuento de Corin Tellado que ahora lamento haber leído. De vez en cuando estas revistas traían historias de viajes y fotos de ciudades y lugares que me fascinaban. Claro que estas revistas estaban en la misma cesta con las de la Nacional Geographic, Condorito, el Pato Donald y con las de Mecánica Popular y el Magazín de El Espectador. En mi casa había una canasta de revistas que tenía todos los intereses de la familia y todos leíamos sin discriminación, también había una biblioteca donde se guardaban los libros serios y costosos


Un día, se me ocurrió la idea de llevar a mi colegio una revista en la que aparecía mi ídolo del momento. Mis amigas la circularon silenciosamente en la clase de religión. Pasó lo que era previsible; la profesora, la hermana Matilde,* descubrió la revista y la confiscó. Durante todo mi bachillerato había visto a las profesoras confiscar revistas y hacer anotaciones en el controlador de clase: En esos tiempos, llevar revistas a clase equivalía a tener un Black Berry en el salón. Llevar cosas que no estuvieran programadas en clase estaba prohibido y por tanto resultaba divertido hacerlo.

Unas semanas después descubrí algo que me asombró. Una profesora necesitó enviar un mensaje a otra que estaba, en ese momento, en el cuarto de costura y bordado y me envió a mí. Yo estudiaba en un colegio de monjas y había una división entre el espacio de las estudiantes y el de las novicias. Esta vez yo debía ir al espacio del noviciado y llevar la nota. Al entrar al salón de costura ví, en una canasta, al menos veinte revistas y entre ellas la mía. En el círculo de bordadoras había una novicia leyendo, para todas, un artículo de una de las revistas. Entregué el mensaje y salí de allí transformada pues descubrí que las religiosas también leían cosas superfluas, que no todo era leer la Biblia. Cuando le conté a mi madre ella me dijo “pero claro si ellas también son humanas, también tienen derecho a divertirse”. “Si, pero a nosotras no nos dejan divertirnos” -rezongué yo- “Bueno es que si no prohíben las revistas entonces les toca comprarlas a ellas” dijo sabiamente mi madre y era cierto.

No sólo era cierto por lo perverso de prohibir para poder incautar, sino por el asunto de que leer era una diversión. Al menos así era en mi mundo. Semanalmente mis padres compraban el periódico dominical y su llegada era una alegría porque cada uno tomaba una sección y leía empijamado hasta la hora del desayuno. Cada ocho días mi padre nos compraba también los comics favoritos de cada uno y mensualmente recibíamos revistas que se intercalaban, un mes de mecánica, otro de la Nathional Geografic o del Readers Digest. Mi padre no tenía mucho dinero pero sí un presupuesto para que todos nos divirtiéramos leyendo.

Cuando las lecturas se acababan yo podía alquilar, en la tienda de la esquina y por un peso, comics de una gran variedad. Yo ahorraba de mi mesada para poder leer todos esos pequeños folletitos colgados de una cuerda y muchas veces los intercambié por los míos sin que mis padres se dieran cuenta.

En algún momento de mi niñez Colcultura sacó una colección de libros a tres pesos, era un cifra muy económica y el material con que estaban hechos era muy barato, sin embargo, allí venían los clásicos de narrativa y poesía y ,en ocasiones, antologías de cuentos por países. En mi familia comenzamos a coleccionar y a leer estos libritos  que cabían en cualquier bolsillo o cartera. Recuerdo a mi padre leyendo en la fila del banco mientras esperábamos nuestro turno para consignar.

En todas partes vendían libros. No recuerdo haber entrado a una librería en mi niñez. Pero en la papelería y en las tiendas de regalos había libros. También en los almacenes de cadena y en los quioscos de revistas. Mi padre tenía la costumbre de regalarnos libros para celebrar nuestro cumpleaños o el comienzo de las vacaciones.

En la televisión los personajes leían, incluso había un personaje que era un viejo libro sabio y otro que se llamaba “el libro gordo de Petete” que nos dejaba siempre con la idea de que en los libros estaba todo lo que quisiéramos saber. Había concursos para niños lectores y series basadas en libros clásicos.

Si pienso ahora en ese tiempo es inevitable concluir que fue mi entorno el que me hizo lectora. Mi familia y la sociedad del momento pensaban que leer era divertido y me enseñaron a gozar con la lectura y a leer en mi tiempo libre.

Ahora, en este 2011 el asunto en mi país ha cambiado. Tenemos graves problemas porque los niños y los jóvenes no leen en la escuela ni fuera de ella. Yo creo que no es su responsabilidad porque nuestra sociedad olvidó ser lectora. Ya no hay libros de colecciones populares apoyados por las oficinas de cultura, excepto por el programa de “Libros al viento” lanzado por Bogotá hace 5 años , o,  por la macondianas iniciativas particulares del Biblio Burro o del hombre que en la costa lleva una carreta cargada de libros para prestarla en parques y plazoletas y que son solo bellas quijotadas de individuos que aman la lectura y no aceptan que el estado no apoye la formación de nuevos lectores.

Los libros en mi país son muy costosos, con un salario mínimo (535.600 pesos) es imposible comprar un libro (cuyo precio oscila entre 40.000 a 50.000 mil pesos). Además, las bibliotecas son escasas y tienen horarios cruzados con los de las actividades laborales y estudiantiles. No hay bibliotecas abiertas  todo el día o después de las seis de tarde. Los escritores nacionales no son apoyados para que haya posibilidad de que sus obras se consigan a precios menores. Las bibliotecas de los colegios públicos son paupérrimas y, a veces, los libros permanecen en cajas, pues al no ser bienes deleznables, los bibliotecarios prefieren no prestarlos para no responder ellos por el material que se pierde.

Me alegra decir que esto que pasa en mi país no pasa en otros en los que aún hay libros económicos, las casetas están llenas de ofertas y el mercado del libro de segunda es próspero y asegura lectores. (En Buenos Aires un libro de Borges puede costar, nuevo, el equivalente a 10.000 pesos colombianos y de segunda 5.000 pesos) Apenas hace un mes, en el subterráneo de Buenos Aires, se regalaron miles de libros de Ernesto Sábato.

Algún día espero que la lectura y la animación a la lectura sean planes de la sociedad colombiana. Mientras tanto, cualquier iniciativa será sólo una gota de agua en la arena. Se trata de recuperar a una sociedad que se divierta leyendo y que haga de la lectura un plan personal para el tiempo libre, así cuando los niños lleguen a la escuela y las maestras les asignen lecturas, leer historia o ciencia será más fácil porque el gusto, que es la esencia del éxito de las actividades, estará  predispuesto.

Ahora que termino esta reflexión me queda la imagen de las pobres novicias contemporáneas, solas, bordando y leyendo revistas de hace veinte años porque ya las niñas no llevan nada para leer a escondidas en el colegio.

*Nombre cambiado para protegerme de un tirón de orejas de la verdadera “hermana Matilde” a quien, aún después de treinta años, temo hasta el dolor de estómago.






























miércoles, 6 de julio de 2011

La Poesibilidad: Una reflexión a partir del poema Los Estatutos Del Hombre de Thiago de Mello.




Vivo en medio de la decepción, el miedo y la desesperanza. Mis amigos, mis estudiantes, la gente que me rodea está triste, preocupada, angustiada, aplastada por la cotidianidad que obliga. No son tiempos buenos. Sin embargo, mi poema favorito tiene más de un siglo y dice:

“En este mundo

Por encima del infierno

Viendo las flores.”



Es un Haikú de Kobayashi Issa y siempre viene a mi cabeza cuando suspiro o cuando me siento abrumada, también, a veces, cuando estoy muy feliz.



Algo bueno de la poesía es que es memorable. Esto implica que se fija en nuestra mente y surge en momentos en los que necesitamos esa función de la palabra que va más allá de la razón, esa posibilidad de crear mundos, de abrir puertas, paraísos, infiernos, socavar piedras, abofetear tiranos, multiplicar, embriagar, unir o destruir.



Vamos a llamar a esa función la “poesibilidad”, Se que los que leen poesía saben a qué me refiero. Es ese momento en que al leer sabemos que esas palabras, en ese orden, con ese ritmo e intensidad, crean un mundo. Una burbuja que durará lo que dure el poema, o tal vez un poco más, pero que con seguridad existe, es real, podemos sentirlo.



Mediante la “poesibilidad” muchos hemos podido superar el dolor de una pérdida, de un desamor, porque cuando el poeta dice “quedaré solo como los veleros en los puertos, pero te poseeré más que ninguno, porque podré partir…” nosotros, los que estamos heridos de ausencia, sanamos, vemos lo que podrá ser, vamos al futuro y lo sentimos.



Los poetas crean posibilidades, como ya lo dijo Rimbaud: anuncian y denuncian, por eso la poesía está ahí con fuerza en los momentos de oscuridad. Por eso los hombres lanzan poemas desde los aviones o inundan las paredes con versos, por eso, después de la tortura, muchos poetas y escritores deciden continuar escribiendo y lo hacen sin violencia. Pienso en Mempo Giardinelli, en Juan Gelman, o en Amadeu Thiago de Mello, pero hay tantos poetas que han sido torturados o exiliados que ellos son sólo tres nombres.



La obra de estos escritores está llena de erotismo, de posibilidad, de humor y paradoja, por qué no, a veces de risa y ternura, tal vez de banalidad, de cotidianidad y sencillez. Frente a la desesperanza del mundo ellos construyen poemas. Lo hacen para negar la fealdad de lo inmediato y en esa arquitectura lingüística el poema funciona como una gran casa, como un espacio paralelo que hace ver o sentir lo que buscamos, lo que necesitamos.



No voy a teorizar más sobre esto. Quiero dejarles con este poema de Thiago de Mello y los invito a leerlo. Abajo pongo el link de You Tube para que puedan escucharlo en la voz de su autor. Sólo digo que lo hermoso de este poema radica en que cuando comienza va creando la posibilidad, va permitiéndonos ver ese otro mundo en el que es válido que un solo hombre decrete y al decretar transforme,  por segundos, la realidad que le rodea. Es un poema contagioso que se queda todo el día rondando la cabeza y que, si jugamos bien el juego, nos lleva a continuar decretando. En eso consiste la "poesiblidad": en recordar que las palabras son también acciones y que, en este caso, decretar es liberarse.



Poema Los Estatutos Del Hombre de Thiago de Mello







Traducción de Pablo Neruda



Artículo 1.

Queda decretado que ahora vale la vida,

que ahora vale la verdad,

y que de manos dadas

trabajaremos todos por la vida verdadera.



Artículo 2.

Queda decretado que todos los días de la semana,

inclusive los martes más grises,

tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.



Artículo 3.

Queda decretado que, a partir de este instante,

habrá girasoles en todas las ventanas,

que los girasoles tendrán derecho

a abrirse dentro de la sombra;

y que las ventanas deben permanecer el día entero

abiertas para el verde donde crece la esperanza.



Artículo 4.

Queda decretado que el hombre

no precisará nunca más

dudar del hombre.

Que el hombre confiará en el hombre

como la palmera confía en el viento,

como el viento confía en el aire,

como el aire confía en el campo azul del cielo.



Parágrafo único:

El hombre confiará en el hombre

como un niño confía en otro niño.



Artículo 5.

Queda decretado que los hombres

están libres del yugo de la mentira.

Nunca más será preciso usar

la coraza del silencio

ni la armadura de las palabras.

El hombre se sentará a la mesa

con la mirada limpia,

porque la verdad pasará a ser servida

antes del postre.



Artículo 6.

Queda establecida, durante diez siglos,

la práctica soñada por el profeta Isaías,

y el lobo y el cordero pastarán juntos

y la comida de ambos tendrá el mismo gusto a aurora.



Artículo 7.

Por decreto irrevocable

queda establecido

el reinado permanente

de la justicia y de la claridad.

Y la alegría será una bandera generosa

para siempre enarbolada

en el alma del pueblo.



Artículo 8.

Queda decretado que el mayor dolor

siempre fue y será siempre

no poder dar amor a quien se ama,

sabiendo que es el agua

quien da a la planta el milagro de la flor.



Artículo 9.

Queda permitido que el pan de cada día

tenga en el hombre la señal de su sudor.

Pero que sobre todo tenga siempre

el caliente sabor de la ternura.



Artículo 10.

Queda permitido a cualquier persona,

a cualquier hora de la vida,

el uso del traje blanco.



Artículo 11.

Queda decretado, por definición,

que el hombre es un animal que ama,

y que por eso es bello,

mucho más bello que la estrella de la mañana.



Artículo 12.

Decrétese que nada estará obligado ni prohibido.

Todo será permitido.

inclusive jugar con los rinocerontes

y caminar por las tardes con una

inmensa begonia en la solapa.

Parágrafo único:

Sólo una cosa queda prohibida:

amar sin amor.



Articulo XIII

Queda decretado que el dinero

no podrá nunca más comprar

el sol de las mañanas que vendrán.

Expulso del gran baúl del miedo,

el dinero se transformará en una espada fraternal

para defender el derecho de cantar

en la fiesta del día que llega.



Artículo Final

Queda prohibido el uso de la palabra libertad,

la cual será suprimida de los diccionarios

y del pantano engañador de las bocas.

A partir de este instante la libertad será algo

vivo y transparente como un fuego o un río

o como la semilla del trigo

y su habitat será siempre el corazón del hombre.

Este es el link del video.
http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=9JZPdzi8NLM

sábado, 11 de junio de 2011

Pobre, muy pobre, paupérrimo.






Cada vez somos más pobres. Es una frase que encontramos a menudo en los diarios y allí está relacionada exclusivamente con el asunto de que cada día las personas tenemos menos dinero y la brecha entre ricos y pobres, desde la perspectiva del ingreso monetario, es mayor. Sin embargo, la pobreza, asumida no como falta de dinero sino de condiciones básicas para el bienestar acecha a todos los habitantes del planeta. Sobre todo, porque no hay una sola pobreza sino múltiples expresiones de ella y lo peor; esas pobrezas crecen porque no somos conscientes de ellas.



Hace unos años visité una de las escuelas más pobres del mundo. Había pupitres ,salones, baterías de baños y algunos planes de ampliación de la sede. Había nómina completa de profesores y, aunque estaba situada en una zona deprimida de la ciudad, los niños podían asistir regularmente a clase. Sin embargo, tres acontecimientos que viví allí me hicieron pensar en las condiciones de pobreza extrema de aquella escuela.


La primera sucedió en el descanso de los niños. En aquella escuela estaba presente el programa de “un vaso de leche diaria”. Para muchos de aquellos niños esa era su única comida del día. Los jovencitos hacían fila y recibían la bebida en un vaso mediano y Luego se sentaban en el patio a beber en pequeños sorbos. La imagen me conmovió, sobre todo la de un niño muy pequeño y muy serio. “es buen estudiante - me dijo la profesora que me acompañaba.- está en primero y ya sabe leer Pero es tan pobre que no creo que siga en la escuela. Yo creo que va a terminar cargando bultos en la plaza de mercado. Por eso yo aquí lo consiento mucho, no le exijo porque pobre muchacho”.


Mi atención se concentró ahora en la profesora. Suspiré, cosa que hago cuando debo pensar antes de actuar, y me quedé en silencio porque supe que, en ese momento, ninguna palabra amable saldría de mi boca. En mi visión de mundo la educación es una oportunidad y un factor crucial en la salida de la pobreza extrema. Podría citar millones de casos en los que un niño pobre mejora sus condiciones de vida a través de poder desarrollar su inteligencia en la escuela, aún sin terminar su proceso educativo. Saber leer, saber escribir, sumar, imaginar, proyectar, son habilidades que permiten, si hay la suficiente constancia y esfuerzo, educarse a sí mismo. Para aquel niño el tiempo de permanencia y la calidad de la enseñanza recibida constituiría la diferencia, una diferencia vital. La profesora no podía disminuir la calidad de su enseñanza debido a que esa era quizá la única oportunidad de aquel niño para adquirir destrezas y habilidades que luego le ayudarían a estudiar y leer de modo independiente. Si la profesora no le exigía al niño, si no lo educaba con calidad lo estaba haciendo más pobre aún.


En mi cabeza hay tantas historias de niños autodidáctas que con su propio esfuerzo y una migaja de atención por parte de sus profesores lograron hacer de sus vidas un proyecto mejor del que su condición determinaba. La historia de Marco Fidel Suárez el humilde hijo de lavandera que asistía a clases por las ventanas de los salones de una escuela y llegó a ser presidente de su país. La historia de Joaquin María Machado de Assis , el padre de las letras brasileras que iba a la escuela a vender dulces y en sus descansos hablaba con los profesores. O, de pronto, la del mismo Simón Rodríguez que siendo un hijo expósito, educado en hospicios, llegó a ser el pensador mas importante de nuestro continente y el inspirador de la causa independentista. Esas historias me hacen creer que el camino no es pensar en la pobreza de nuestros estudiantes sino en la riqueza que representa para ellos una educación de calidad.



En aquel lugar “la escuela mas pobre del mundo” había un ánimo desesperanzado. Los maestros no creían en el poder de su labor. Cuando miraban a su alrededor veían lo que no tenían y por ello sentían que todo a su alrededor era carencia. Cuando alguien los visitaba los maestros comenzaban una larga lista de petición de materiales escolares “Nos faltan cuadernos, nos falta material didáctico , no tenemos títeres,” me dijo la profesora de segundo. Yo le dije que podía enseñarle a hacer títeres hermosos y baratos – no tenemos tela ni materiales- me contestó la profe un poco molesta. Le dije que no necesitaríamos tela, pues yo manejaba la técnica del Origami y este se puede hacer con hojas de papel reciclado. Me entusiasmé con la idea de regalarles un curso para todos los profesores, en el horario que ellos quisieran. Creía yo que así tendían títeres siempre que los necesitaran y ,de paso, enseñarían a los niños a ser creativos.


Establecer un horario fue difícil, pero como yo estaba entusiasmada decidí ir a los salones y enseñar a niños y profesores al tiempo. Creía yo, que viendo el entusiasmo de los niños los profesores se animarían. Lo que pasó, en un ochenta por ciento de mis clases fue que los niños se entusiasmaron pero los profesores se fueron del salón y me dejaron sola con los estudiantes. En mi visita vieron la oportunidad de no dar clase y descansar por un momento de su trabajo. En el descanso jugamos con los niños a hacer concurso de aviones de papel y descubrí que algunos sabían figuritas que yo no sabía. Tuve la precaución de enseñar diferentes figuras en cada curso, así, en esa semana, los niños pudieron intercambiar saberes con sus compañeritos de escuela. Mientras plegábamos el papel cantábamos canciones. Claro las canciones eran las que yo sabía.


En uno de esos descansos se me acercó una niñita muy linda .Tal vez de primero o de preescolar. Era de una delicadeza que me impactó. Me tocó el hombro y me dijo al oído “Cántame la canción de la estrellita” . La miré y cumplí su orden sin tener miedo de mi voz ni de la vergüenza de cantar en público. La canción era esa que dice “estrellita donde estas me pregunto que serás, un diamante debes ser di si tu me puedes ver…” una canción que los profesores de mi infancia utilizaban para enseñarnos las escalas musicales. Mientras yo cantaba, la niñita se recostó en mi hombro y luego se sentó a mi lado.

Cuando terminamos el descanso una profesora me dijo: “Doctora usted que se unta que Clarita le habló”. Yo no sabía quién era Clarita. “La niña que estuvo sentada con usted en el recreo”. Le conté lo de la canción. “Es que esa niña no habla con nadie, desde que llegó a la escuela sólo la veo hablar con la mamá y ahora con usted”. No pude evitar aconsejarle a la profesora que cantara mas canciones con Clarita pues era evidente que a la niña le encantaban. “Ay doctora usted es muy soñadora, eso es por la novedad de su visita, mañana ya esa niña no vuelve a hablar con nadie”, me dijo la profesora mientras cerraba la puerta de su salón y, por ese día, mis esperanzas.

Unos meses despues visité una escuela muy rica. Allí no había pupitres ni salones porque se los había llevado el río, pero los profesores, tan humildes como sus estudiantes, se tomaban en serio aquello de que "hay que enseñar bien asi sea poquito".A esa escuela voy de vez en cuando, cada vez está mejor y siempre hacemos  concursos de aviones de papel.

lunes, 16 de mayo de 2011

Ayer olvidé el día del maestro



Jugábamos con las cajas de cartón que dejaba el almacén de mis padres. Las alineábamos y nos sentábamos cada uno con su “pupitre” a escuchar a la “profesora”. Por lo general era una “profesora gritona” y armada de una regla que usaba para castigarnos por no hacer las tareas. Nos divertíamos molestando, hablando, riendo y haciendo todo lo que en el salón de verdad, en el pupitre de verdad, no podíamos hacer.




Éramos diez niños de tres familias diferentes y cuando llegábamos del colegio almorzábamos rápido para poder jugar al fútbol, a las escondidas, estatua, yermis o el juego del momento. Cuando llovía veíamos televisión juntos



A veces sólo hablábamos. Tirados en el solar de la casa en medio de las matas de maíz contábamos nuestros días, nuestros sueños, nuestras nuevas mentiras ,nuestros triunfos, nuestros futbolistas favoritos o el último capítulo de Centella.



Yo no decía  qué quería ser cuando grande. En secreto a mi me gustaba el juego de las cajas; ser maestra, enseñar. Cuando me tocaba ser “la profe” yo sacaba la enciclopedia “El nuevo tesoro de la juventud” y la repartía entre mis amigos. Eran 20 tomos que después me tocaba organizar en la biblioteca. Leíamos cuentos. Mirábamos las fotografías y los dibujos y nos olvidábamos del juego de la profesora y los estudiantes. Me gustaba escuchar cuando alguien emocionado decía “yo no sabía que” y a continuación nos leía el dato que había encontrado. Todavía hoy siento alegría cuando un estudiante me dice lo mismo: ”Profe: Yo no sabía que” y escucho con atención porque tal vez yo tampoco sepa que…

Ayer olvidé el día del maestro.Tengo la excusa de dos semanas tensionantes vital y profesionalmente. Sin embargo, en la madrugada recordé mi juego favorito,mis amigos de la infancia,mis hermanos y la alegría de aprender juntos.Creo que lo que hice con mi vida fue prolongar esa felicidad al escoger ser profesora.Esta vez sólo quiero decir esto tan sencillo: enseñar me hace feliz.
Feliz día para los maestros.

lunes, 2 de mayo de 2011

Instrucciones para caer en la desesperanza







A esta mujer de 78 años la han desvestido y ahora la han internado en una habitación. Allí, debajo de una sábana asiste a la parafernalia de cables y agujas que entran y salen de su cuerpo. Las personas  que la rodean no le hablan, no la miran, sólo le dan instrucciones “levante el brazo, corra la cadera, cierre la mano”. La mujer está avergonzada. La desnudez no es su costumbre. Está sola , asustada y enferma y no sabe nada del mundo exterior. Su familia, su esposo están allá afuera, en mitad de la madrugada esperando saber algo y ella no sabe nada. Se arma de valor pregunta y la enfermera le dice “no sabemos hay que esperar a los resultados de los exámenes”



La familia (un esposo y tres hijos) estan en los pasillos blancos de una construcción aséptica. Nadie les da información: No saben. En las paredes no hay avisos, guías, instructivos. ¿Horario de visitas? : No sabemos. ¿Procedimientos para conocer el estado del paciente? No sabemos. ¿Teléfono de la clínica? No sabemos. (No existe ni siquiera en el directorio donde se puede leer la dirección pero no hay teléfonos). Es el siglo XXI pero no parece.



En el tratamiento de pacientes graves hay un protocolo a seguir. Es indispensable que estén desnudos porque desvestirlos demora los procesos de atención en caso de una emergencia. Deben recibir pocas visitas pues la exposición a emociones fuertes es un gran riesgo. Las visitas no pueden llevar aparatos electrónicos, metálicos o que funcionen con pilas pues su cercanía con los aparatos médicos puede alterar las lecturas de los mismos.No se cobija en extremo al paciente porque el frío es importante para controlar casos de tensión arterial, Las visitas deben lavarse las manos antes y después de salir de los pabellones de urgencias para relativizar el traslado de bacterias y virus. Estas son las razones para las restricciones pero no hay una sola palabra escrita,o un protocolo médico que informe a los familiares y a los pacientes acerca de los motivos por los cuales son tratados así.



La mujer de 78 años ha pasado cinco días desnuda, cinco días a merced de “lo que quieran hacer con ella” no sabe por qué su cuerpo se está llenando de moretones (la razón es que le han aplicado una droga anticoagulante) Está asustada, aún no hay un diagnóstico, los aparatos que pueden hacer los exámenes especializados son escasos en la ciudad y hay que esperar el turno y continuar en la incertidumbre. Los médicos no hablan con ella. Hablan frente a ella con uno de sus hijos y le cuentan a él un parte médico impersonal, técnico, pero hablan frente a ella como si fuera un automóvil descompuesto, no como si fuera una persona de 78 años, dueña de sí, fuerte, decidida, formada. El médico ve a una anciana desvalida (claro la está viendo desnuda, callada, débil).



Por fortuna la mujer no ha leído a Kafka. Si algún día se encuentra con “el castillo” se sentirá identificada con el personaje principal. Su hija mayor ha leído a Kafka y ahora entiende la pasividad frente al absurdo. Su hija, en las noches de insomnio se ha preguntado si será que sólo en Colombia los pacientes de clínicas y hospitales son tratados como ovejas, si sólo en este país la dignidad de las personas desaparece cuando se enferman y nadie les entrega información. Si el dinero que se ha desviado (léase robado) y el dinero invertido en armas (léase robado) no bastaría para que cada clínica y hospital tuviera aparatos para poder hacer estos exámenes.



La mujer, más sóla, más desnuda, mas fría y más triste se está enfermando cada día. Su tensión arterial sube porque su frustración es mayor, los exámenes no se han realizado, los aparatos están escasos, no hay turno, los moretones se extienden, la frustración crece; la angustia y la indignidad aparecen. En estos días ella ha visto cómo sus compañeros de sala lloran, protestan salen desnudos al pasillo ( a las tres de la mañana la paciente de la habitación 18 ha salido desnuda gritando “así es que me quieren ver vengan desgraciados a verme desnuda ya que no quieren darme una bata” Las enfermera la han controlado pero nadie le ha explicado por qué “la tienen“ desnuda) . Ella ha llegado a la conclusión de que no es nada, nadie la mira, nadie le habla, sobre todo, nadie le informa lo que hacen o no hacen con su cuerpo, ni siquiera su cuerpo es ahora suyo. La levantan las cinco de la mañana la bañan, le dan de comer a las seis, la limpian .La mujer que invirtió toda su vida en la autonomía, en la libertad, ahora ha caído en un campo de silencio e indiferencia, es un cuerpo enfermo, pero no una persona.

En uno de los pasillos de espera la hija mayor se encuentra con una excompañera de colegio que ahora es médico. Dos minutos despues del saludo vienen las preguntas y las respuestas ¿Por qué no escriben los horarios de las visitas? Porque la gente no lee, ¿Por qué no le dicen a los pacientes el motivo de la desnudez y de los protocolos? Porque la gente no escucha, ¿Por qué no hay un teléfono para llamar a la clínica? Porque no hay dinero para pagar la operadora y porque la gente llamaría pero no vendría a visitar a los pacientes, ¿Por qué no hablan los médicos con los enfermos? porque no nos han enseñado a hacerlo, no sabemos cómo.

De nuevo el camino hacia la desespenza está empedrado de una alfabetización incipiente.La hija suspira.Ha comenzado a tener un leve dolor en el costado.

lunes, 18 de abril de 2011

Reflexiones sobre una escupida . Daniel Prieto Castillo

Uno de los maestros más importantes de mi vida como maestra-comunicadora es, sin duda, Daniel Prieto Castillo. Mi amiga Clara Cuervo me envía este texto que refuerza mi idea de que los africanos tienen razón cuando aseguran que para educar a un niño se necesita de todo el concurso de la aldea.O, como aseguraba Napoleón: la educación de un niño comienza 20 años antes de su gestación.
No puedo dejar de pensar en este niño en patineta como otro niño en caricatura,de apellido Simpson, que se ha ido deformando hasta los tristes programas de dibujos animados que validan ese lado oscuro que nos separa de la vida en comunidad por medio del irrespeto y la intolerancia. Un modelo de pensamiento y de humor gringos que hemos asumido pacientemente sin poder siquiera leer detrás de sus líneas.


Reflexiones sobre una escupida . Daniel Prieto Castillo

Diario Los Andes, Mendoza, jueves 19 de febrero de 2009. A partir de una anécdota vivida por sí mismo, el autor de la nota analiza la crisis de la educación formal y sus relaciones con la educación “informal”.


Era la mañana del domingo. Salí a dar vueltas alrededor de la plaza de mi barrio, como trato de hacerlo cada día. Venía por la vereda que da hacia el norte. Adelante, tres chicos de unos 8 o 9 años borboteaban risas. Uno era el centro de la alegría. Corría y patinaba sobre un charco, amenazaba caerse y ganaba la vertical con un salto. El sol bordaba reflejos en el agua y carcajeaba también sobre los cabellos y la piel del crío. Pasé feliz junto a ellos. Si un niño ríe y juega, vivir tiene sentido. Entonces me escupió la cabeza.


He visto por estos atribulados países nuestros, niños de la guerra y de las hambres, de la opulencia y del consumo desenfrenado. He visto niños mendicantes, limpiavidrios, contorsionistas, malabaristas, lustrabotas, vendedores de lo que fuera, incluso de sí mismos. He visto niños de la calle y de las mansiones, de las cosechas y de las limusinas, de la violencia y el abandono frente a quienes crecen acunados por la fortuna. He visto mucho más de lo que hubiera querido ver, pero nunca me había cruzado con un niño capaz de escupir la cabeza de un adulto de mi edad.

Me acerqué indignado. El chico daba la espalda y los otros dos miraban para cualquier parte. “¿Por qué me hiciste eso?” Se volvió hacia mí. Tenía los ojos grandes como soles asustados “Yo no fui, señor”. “Por supuesto que fuiste. ¿Por qué me hiciste eso?” “Yo no fui, señor”, repetía sin bajar la mirada.Había sido él. El salivazo partió de sus labios. Pero ese “yo no fui” me golpeó más hondo que la humillación. ¿Qué camino ha recorrido, vivido, un niño para permitirse tamaña gracia? Como educador, debo preguntar por los aprendizajes que fueron tallando una manera de percibir, de sentir, de ser, capaz de abrir las compuertas para semejante paso.

La clave de ese acto es la educación informal, propia de las relaciones en las que nacemos y crecemos, de la vida cotidiana en la familia, en el barrio, en la ciudad, y también de la oferta de la cultura mediática. La educación informal es la cuna de nuestro ser. Supongamos los aprendizajes de los primeros 20 años de vida de alguien. Supongamos que alcanza a cursar ocho de lo que se llama educación formal. Ellos, llevados a tiempo real, no llegan ni a cinco: nueve meses al año, cinco días a la semana, cuatro a seis horas diarias de clases… Cinco años o menos, entonces; todo lo demás es educación informal.


Mientras él seguía negando con los ojos muy abiertos, me iba ahogando una tristeza sin márgenes. “¿Quién te educó, dije, adónde aprendiste que es divertido hacer esto?” Reiteraba su respuesta: “Yo no fui, señor”. Me alejé. La tristeza pudo más que mi indignación. Se trata, la informal, de una educación profunda, radicalmente personalizada. Nada en ella pasa por los libros o por los conceptos. Se la bebe, vive, de ser a ser, en el día a día, a través de rostros, gestos, miradas, tonos de la voz, palabras, conductas… Pero sobre todo mediante los modelos que ofrecemos los adultos a niños y jóvenes.

Los modelos de la vida cotidiana son de carne y hueso, están ahí, en un juego permanente de cercanías, ya sea en el cara a cara con quienes se crece, o en el otro cara a cara con los personajes de la cultura mediática. Cuna de nuestro ser esos modelos, a través de los cuales podemos heredar lo más digno de otras generaciones, o lo más indigno. La existencia es demasiado compleja como para buscar determinadas causas de un acto puntual. Pero como víctima de esa acción, tengo todo el derecho a preguntar por los modelos sociales cotidianos que alimentaron y alimentan la imaginación, la sensibilidad, los afectos, la percepción, los juegos, los gestos, los actos de ese niño.

Hace unos años escribí: “Toda violencia sembrada en la niñez, fructificará”. Añado ahora: todo culto a la burla y a la farra televisiva, todo alarde de picardía a lo viejo Vizcacha, toda complicidad con grandes o míseros actos de corrupción, todo empecinamiento en una pretendida adolescencia eterna, a los veinte, a los treinta, a los cuarenta años; todo abandono de nuestra responsabilidad de adultos, todo atropello a la convivencia visto como una gracia, toda renuncia de los mayores a educar, toda práctica de pedagogías perversas, fructificarán.

El chico expresaba una razón terrible en sus palabras. Ya comenzaban a madurar en él las tercas huellas del mundo adulto. No volví a verlo. Continúo con mis caminatas. Nadie más me ha agredido. Tal vez fue un solo caso. Un niño no es todos los niños. Desde lo más hondo de mi ser, quisiera creerlo. Daniel Prieto Castillo - Profesor universitario